«No es bueno que el hombre esté solo»,
díjose Dios, tras conformar cielos y tierra.
Y de una costilla suya resolvió crear una mujer,
a lo que el hombre con alborozo exclamó:
«¡Esta sí que es hueso de mis huesos!».
«¡Y carne de mi carne!», sentenció.
Y al hombre fue dada para aquietar su soledad
y ambos dejados en un paraíso terrenal,
en el que de un árbol no debían comer.
Mas, siendo como debía ser de espíritu frágil,
escaso discernimiento y quebradiza voluntad,
pronto dejose la mujer tentar por una serpiente,
y accedió a comer del fruto por Dios prohibido
e hizo que también el hombre comiera de él.
«La mujer que me diste como compañera,
esa me dio del fruto del vergel y comí»,
confesó Adán, señalando a su mujer.
«La serpiente me sedujo y comí»,
sostuvo la mujer sin pudor alguno.
«Mucho te haré sufrir en tu preñez»,
sentenció con acritud el Señor Dios
a modo de vil y cruento castigo.
«Con sufrimiento parirás a tus hijos,
tendrás ansia de tu marido,
y él te dominará, gobernará sobre ti»,
sin el menor miramiento añadió,
resolviendo quién sería su dueño,
a quién por siempre habría de obedecer.
Y al hombre maldijo con rotundez
por haber cedido al desvarío de su mujer,
degustando el fruto del árbol prohibido.
Y a ambos expulsó del vergel del edén,
mas no sin antes alertar a Adán:
«Comerás el pan con el sudor de tu frente,
hasta que hayas de volver a la tierra,
dado que de ella fuiste tomado,
pues polvo eres y al polvo has de tornar».
Y el hombre llamó Eva a su mujer,
por ser ella madre de todo viviente;
se erigió sin pudicia en su amo y señor,
y, por voluntad humana y divina,
arrodillada a sus pies debería pervivir.
Y aquella mujer creada por Dios
de la costilla tomada de Adán
hubo de vivir sometida al hombre
por los siglos de los siglos, amén;
sufrir en su preñez por siempre jamás;
parir hijos con extremo dolor;
tener denodada ansia de su marido.
Mas ni Dios ni el hombre acertaron a imaginar
que el espíritu de la mujer no era frágil,
sino recio, perseverante e infatigable,
ni su discernimiento brozno y exiguo.
Y nada ni nadie podrían detenerla
en su lucha infatigable por no tener amo,
por ser libre para decidir por propia voluntad.
Y la mujer nacida de una costilla de hombre
combatió hasta concebir su propio paraíso,
del que ningún dios podría expulsarla.
Y batalló con denuedo hasta la extenuación
para dejarse tentar por quien ella quisiera;
parir cuando deseara sin miedo al dolor;
a nadie rendir cuentas ni obedecer;
a ser alguno deber sometimiento ni sumisión;
ser única dueña y señora de su vida.
Y por todo ello bregó a brazo partido,
luchó contra viento y marea en férreas lides,
en arduas y encarnizadas contiendas.
Y la mujer creada para servir al hombre
jamás cejó en su empeño por ser igual a él.
A las mujeres, criaturas de espíritu recio,
perseverante e infatigable