La Muerte que se quedo a aprender

En un pueblito, donde el tiempo se mide por cosechas y las estaciones se cuentan con el ritmo de los maizales del campo, Panchita guardaba secretos en un altar colorido, lleno de flores y fotos viejas.

Mollera caĂ­da: se levanta con soplidos de la abuela y un chorrito de aguardiente fuerte de maguey.
Cuajos: se truenan con yerbitas y aceite bien caliente, eso sĂ­, bien rezado.
Espantos: se sacuden con ramitas de albahaca y se le reza bajito al niño dormido, pa’ no asustarlo más.
Bebés mal puestos: se giran con dedos huesudos, pa’ que la vida los encuentre derechitos y la madre los guíe en su destino.
Mal de ojo: se protege con listones rojos, bien amarraditos en la ropita, pa’ cortarlo de una.

La Muerte, muy curiosa, vino el último día de octubre, vísperas de su celebración. No con su guadaña de siempre, sino con un vestido de lino blanco, de esos que usan las comadres para ir al mercado los domingos.

—Dime, Panchita —habló la Muerte con tono bajito—, ¿cómo es que sanas lo que ni los médicos saben?

Panchita, sin levantar la vista de su té calientito de hojas verdes, respondió:

—Señora, usted lleva siglos cortando hilos. Yo solo acomodo los que se enredaron antes de tiempo.
Nosotros curamos con yerbas y le pedimos al universo y a nuestros antepasados. Y ellos responden.
Entonces le mostrĂł su ritual:
Las manos en cruz, arriba y abajo.
El rezo que su bisabuela le enseñó.
El huevo fresco, que pasa por el cuerpo y absorbe el miedo como esponja sagrada.
Y se rompe en un vaso de agua.

La Muerte, por primera vez, se sintiĂł torpe y confundida.
—Esto no está en mis libros —confesó, rascándose la cabeza, sin entender del todo lo que sucedía.

—Claro que no —sonrió Panchita, mientras amasaba la pancita de un niño—. Esto no se aprende en la escuela ni se anota en papel. Se hereda de la lengua de los viejos y el humo del copal.
Esto se escribe con lágrimas de madre y tierra de panteón, como escribe un buen escritor: con el alma hecha pedazos y el corazón en la pluma.

Usted llega cuando ya no hay remedio.

Antes de irse, la Muerte le dejĂł un regalo:
Tres semillas de cempasúchil, que florecen en diciembre, cuando más se extrañan los difuntos.

—Pa’ que no te olvides —le dijo—. Que hasta yo aprendo de los que saben hablar en lenguas que el tiempo no olvida.

La Muerte se fue sonriendo, muy feliz y educada, preparándose para el festejo del primero y dos de noviembre, sabiendo que, en esa fecha, en México, hasta los muertos bailan.

Ahora, cuando Panchita cura, le reza a la Muerte. Se han hecho amigas, hasta ya son comadres. Una le prepara el té y la otra le trae el pan.
En su altar, las velas parpadean en lengua antigua, porque la señora de lino blanco sabe que las manos de Panchita curan lo que la ciencia jamás entenderá ni podrá sanar.

 

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