EL TAMBOR
Le dijimos que no jugara a la ruleta rusa.
Que había otras formas. Que Nico esperaba.
No quiso escuchar. O quizá escuchó y ya le daba igual.
Cornellà de noche huele a agua podrida y a químico. A naves cerradas que siguen respirando por dentro. A grasa recalentada, a hierro mojado, a algo que se pega a la garganta y no termina de ser aire. Marcos conocía ese olor desde niño. Lo había respirado tanto que acabó confundiéndolo con el mundo. Como el zumbido de las fábricas. Como la punzada fija en los riñones al acabar el turno. Como esa fatiga que no descansa cuando uno duerme, solo cambia de postura.
Aquella noche volvió a notarlo de verdad.
Iba hacia el casino con la mochila hundiéndole un hombro y tres mil euros de deuda apretándole el pecho. No caminaba deprisa por llegar. Caminaba así para no pensar. Hay noches en que uno acelera porque, si afloja, se rompe.
El sótano estaba debajo de una nave de distribución de material eléctrico que no distribuía nada. Una tapadera gris, cansada, con las persianas a medio bajar y las paredes manchadas por años de humedad. La escalera metálica descendía en tramos cortos y vibraba bajo los pies como si protestara. Abajo había una bombilla desnuda que temblaba sin apagarse, una mesa de madera comida en los bordes, humo detenido, billetes, vasos con posos y siete hombres con la piel de quien ha pasado demasiado tiempo en lugares sin ventanas.
Al fondo estaba el prestamista.
Tenía los nudillos marcados, no de una pelea concreta, sino del hábito. De golpear puertas, paredes, caras, lo que hubiera delante, durante años. Los ojos eran pequeños, opacos, del color de las llaves viejas. Hablaba despacio, con una voz gastada de tabaco y sueño mal dormido.
—Ganas y te borro la deuda. Pierdes…
No siguió. Levantó apenas los hombros. No hacía falta rematar la frase cuando el miedo ya la había dicho por él.
Marcos conocía el resto. Lo había pensado en el autobús, mirando su reflejo en el cristal oscuro, esa cara suya que cada semana se parecía más a una fotografía mal revelada. Si no pagaba, irían al piso. No a matar. Matar complica. Irían a dejar señal. Una rodilla. Una mano. Un par de dedos. Algo que sirviera de lección y durara.
Cogió el revólver.
Pesaba más de lo esperable, aunque quizá era el brazo el que ya no podía con otra cosa. Abrió el tambor. Seis huecos. Uno cargado. Cinco vacíos. Cerró. Lo giró. El clic de las piezas encajando sonó limpio, casi elegante. Se apoyó el cañón en la sien.
El metal estaba tan frío que parecía húmedo.
Apretó el gatillo.
Clic.
Nada.
La sala soltó el ruido de siempre: billetes contra la mesa, una risa con flemas, alguien pidiendo bebida, otro insultando a media voz. Marcos no sintió alivio. Solo una descarga breve y sucia que le dejó la boca seca. Seguía allí. Eso era todo.
Nico llevaba cuatro meses con fiebre.
No una fiebre de catarro ni una de esas que duran dos días y luego dejan al niño jugando otra vez en el pasillo. Era una fiebre baja, constante, una brasa mal apagada dentro del cuerpo. Primero fue el cansancio. Luego el color raro en la piel. Después los moratones, las analíticas, la espera. Y al final una doctora demasiado joven para dar noticias así dijo la palabra sin mirarlo del todo.
Leucemia.
La dijo con un tono casi correcto, como si los buenos modales pudieran amortiguar la caída.
Marcos trabajaba doce horas en la línea de montaje y volvía de noche al piso de Cornellà donde vivían los tres: él, Nico y la abuela Carmen. Carmen tenía setenta y cuatro años, cataratas, un oído medio muerto y el rosario en la mano izquierda a todas horas. Lo deslizaba entre los dedos incluso dormida, como si temiera que dejarlo quieto pudiera acelerar algo. Rezaba en voz baja. Rezaba sin esperanza visible. Más que pedir, parecía resistir.
Pero las farmacias no aceptan resistencia.
Ni el banco acepta pena.
El prestamista sí.
Marcos volvió a girar el tambor. Esta vez no levantó la vista. Se puso el cañón donde la piel late y apretó.
Click.
Nada.
Notó que las manos ya no temblaban. Eso le dio más miedo que el arma. Había un punto en que el cuerpo se cansaba de asustarse y empezaba a funcionar como una máquina. Miró el suelo de cemento. Había manchas negras, un cercado de colillas, una costra vieja en una junta. Pensó en Nico durmiendo con el camión de plástico bajo la almohada, porque decía que así los sueños corrían más. Pensó en lo poco que pesaba últimamente cuando lo cogía en brazos. En ese alivio miserable que da levantar a un niño y notar que cada semana pesa menos.
Giró otra vez.
El prestamista había dado la vuelta a la mesa y estaba cerca, oliendo a tabaco rancio y colonia barata.
—Vamos, héroe.
Lo dijo sin rabia. Casi sin voz. Como quien recuerda una tarea.
Marcos apretó.
Click.
Nada.
Uno de los hombres masculló una blasfemia. Otro soltó una carcajada hueca y luego escupió al suelo. La bombilla siguió vibrando. El humo flotaba en capas, sin subir ni bajar. Parecía que hasta el aire de aquel sótano había aprendido a quedarse quieto para no llamar la atención.
La cuarta vez Marcos alzó la vista hacia el techo y pensó en una tarde en la playa de Gavà. Antes del diagnóstico. Antes de las pruebas. Antes de que una palabra ajena entrara en la casa y se lo comiera todo. Nico corriendo hacia el agua con ese desequilibrio feliz de los niños pequeños, como si cada paso fuera a terminar en caída y nunca terminara. Él yendo detrás. Más lento. Más cansado. Pero riéndose. El sol pegando en la nuca. El niño chillando al tocar el agua fría. La arena húmeda pegada a los tobillos.
Hubo un tiempo en que aquello bastaba.
Duró poco.
Giró el tambor.
Se apoyó el arma.
Click.
Nada.
Entonces se quedó quieto. Con el cañón aún en la sien. Sintiendo el latido contra el metal. Sintiendo el olor del sótano metérsele por la nariz hasta el estómago. Sintiendo, de pronto, un cansancio tan hondo que ya no se parecía al cansancio, sino a otra cosa. Como si llevara meses cayendo y solo ahora hubiera tocado fondo.
Bajó el arma.
Las piernas cedieron. Se fue al suelo de rodillas primero, después sentado, con la espalda apoyada en una pata de la mesa. Notó la madera sucia en los omóplatos. Las manos le colgaban vacías entre las piernas.
—No.
La palabra salió rota. Sin fuerza. Sin dueño.
No sabía a quién se la decía. Al prestamista. A Dios. Al niño. A sí mismo. A lo que quedaba.
Los policías entraron al poco rato con el estrépito torpe de los cuerpos que llegan tarde. Linternas, órdenes, botas, manos en alto, insultos. Alguien había llamado. Quizá un vecino que lo vio salir con la mochila y supo que esa noche tenía el cuerpo de los condenados. Quizá uno de los de abajo, asqueado de sí mismo por un segundo. Quizá nadie que llegara a saberse nunca.
Lo sacaron esposado por la escalera metálica.
Arriba seguía oliendo a río y a químico. A la misma noche enferma de siempre.
En comisaría, mientras un funcionario con la camisa arrugada tecleaba sin ganas sobre una mesa de plástico, sonó el móvil de Marcos. El nombre de Carmen apareció en la pantalla. El funcionario miró el teléfono, luego a Marcos, y le hizo un gesto seco con la barbilla.
Contestó.
Las medicinas estaban pagadas.
Julián, uno del taller, lo había visto salir con una cara que no era de ir a ninguna parte buena. No pudo dormir. Empezó a llamar. Dos del turno de tarde. Uno de mantenimiento. Luego otro. Luego otro más. Entre todos reunieron el dinero. Veinte. Cincuenta. Cien. Billetes arrancados a cuentas igual de asfixiadas. Tres mil doscientos euros de gente que también debía cosas, que también tenía hijos, que también estaba cansada.
Marcos escuchó a Carmen en silencio. Al fondo oyó toser a Nico. Una tos húmeda, pequeña, que parecía venir de muy lejos. Cuando colgó, dejó el móvil sobre la mesa con un cuidado absurdo, como si se tratara de un hueso roto.
—¿Todo bien? —preguntó el funcionario, sin demasiada convicción.
Marcos no dijo nada.
Miró la pared. Tenía el color sucio de lo que no importa.
Lo metieron en la celda a las dos y algo. Olor a orines viejos, a lejía barata, a encierro fermentado. El camastro tenía una manta áspera y una humedad que subía por la espalda. Se tumbó vestido, sin quitarse los zapatos. Cerró los ojos. Por primera vez en meses sintió el pecho un poco menos apretado.
Le duró poco.
El hombre del camastro de enfrente llevaba rato observándolo desde la sombra. Tenía tatuajes en el cuello y en la frente esa expresión vacía de quien hace tiempo dejó de distinguir entre un día y otro. No estaba nervioso. No hacía falta. Solo esperaba.
—Tú eres el del casino.
Marcos no abrió los ojos del todo.
—Los míos perdieron dinero por tu culpa.
No hubo más.
La punta casera salió de entre las mantas con una naturalidad obscena. Como si hubiera estado allí desde siempre, aguardando. Se lanzó encima con una violencia breve, casi sin ruido. Hubo un forcejeo corto, torpe, pegado al suelo. Un jadeo. Un golpe seco contra la pared. El olor metálico apareció antes que el dolor.
La hoja entró por el costado.
Marcos no gritó.
Hizo un sonido pequeño, bronco, casi avergonzado. Un sonido de puerta mal cerrada. De cosa que cede.
Después ya no mucho más.
En el depósito municipal, bajo fluorescentes que no parpadean nunca, quedó tendido debajo de una sábana fina. Las manos se le habían quedado cruzadas sobre el pecho por puro azar, pero parecían colocadas por alguien que hubiera querido fingir orden donde ya no lo había.
La deuda estaba saldada.
Las medicinas esperaban en una bolsa sobre la silla junto a la cama de Nico.
La abuela Carmen rezaba más deprisa que de costumbre, con los labios secos y la vista nublada, como si acelerar las avemarías pudiera ganarle unos minutos a la desgracia. En la habitación pequeña, Nico tosía entre sueños con el camión de plástico cerca de la almohada. Esperaba el cuento del barco pirata. Ese y no otro. Pero esa noche nadie iba a contárselo.
Le dijimos que no jugara a la ruleta rusa.
Que había otras formas.
No quiso escuchar.
La verdad es que nunca fue solo el revólver.
Era el sótano.
Era la fiebre.
Era el precio de las medicinas.
Era el banco.
Era el turno de doce horas.
Era el piso pequeño con la humedad trepando por las esquinas.
Era la ciudad entera apretando sin tocarte.
El tambor no estaba en la mano de Marcos.
Estaba en todas partes.
Giraba en los hospitales donde te hacen esperar hasta que el miedo aprende a sentarse. Giraba en las farmacias donde una tarjeta vacía pesa menos que una caja de pastillas. Giraba en los polígonos que siguen trabajando de noche mientras alguien cuenta monedas en la cocina. Giraba en las camas donde un niño enfermo espera pasos en el pasillo y no sabe todavía que hay puertas que, cuando se cierran, ya no vuelven a sonar.
Giraba despacio.
Con paciencia.
Como giran las cosas que saben que al final siempre encuentran carne.
Y aquella noche encontró la suya.
Xavier Pardell Peña