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        <title><![CDATA[WriterAvenue]]></title>
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        <pubDate>Sat, 18 Apr 2026 11:17:04 GMT</pubDate>
        <copyright><![CDATA[2026 WriterAvenue]]></copyright>
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            <title><![CDATA[La sangre del cerebro]]></title>
            <description><![CDATA[Las lágrimas como la sangre del cerebro,
la liberación del sentimiento y la aceptación de esa maldición.

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            <dc:creator><![CDATA[Caim]]></dc:creator>
            <pubDate>Mon, 09 Mar 2026 07:55:10 GMT</pubDate>
            <content:encoded><![CDATA[<p>Las lágrimas como la sangre del cerebro,<br>la liberación del sentimiento y la aceptación de esa maldición.</p><p>Maldita y con el cerebro desangrándose,<br>maldita y con la cara manchada,<br>las manos llenas de suciedad,<br>manos cargadas con el resultado de la emoción maldita.</p><p>Maldito todo aquel con la capacidad de sentir de más,<br>malditos todos los que descubren los sentimientos reales,<br>maldito el que se quita la venda y se atreve a sentir.</p><p>A veces me gustaría ser tonta y no tener autoconcepto ni conciencia,<br>porque quitarse la venda es condenarse.</p><p>Cuando aprendes no dejas de verlo ni de sentirlo jamás,<br>y cuando lo entiendes<br>te vuelves consciente del maldito espiral.</p>]]></content:encoded>
        </item>
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            <title><![CDATA[LA BOCA DEL PADRE]]></title>
            <description><![CDATA[LA BOCA DEL PADRE

No fue el grito lo primero.

Fue el ruido húmedo.

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            <category><![CDATA[Terror]]></category>
            <dc:creator><![CDATA[Xavier Pardell Peña]]></dc:creator>
            <pubDate>Sun, 08 Mar 2026 20:02:53 GMT</pubDate>
            <content:encoded><![CDATA[<p><strong>LA BOCA DEL PADRE</strong></p><p>No fue el grito lo primero.</p><p>Fue el ruido húmedo.</p><p>Un sonido pequeño, íntimo, casi doméstico. Como cuando alguien muerde una fruta demasiado madura y la pulpa cede. Ese ruido salía de la habitación del fondo, la que mi padre mandó tapiar con la excusa de la humedad, aunque en aquella casa nunca olió a moho. Lo que venía de allí era otra cosa. Un olor agrio, animal, viejo. El olor de la sangre cuando ya ha dejado de pertenecer del todo a los vivos.</p><p>Yo tenía nueve años cuando empecé a oírlo.</p><p>En aquella casa se aprendía pronto a no preguntar. Las preguntas eran una insolencia, y la insolencia, en mi padre, despertaba una quietud peor que la ira. Nunca levantaba la voz. No le hacía falta. Bastaba verle los ojos cuando algo lo contrariaba: se le abrían apenas, lo justo para que uno sintiera que detrás de la cara había otra cosa mirando. Mi madre bajaba la cabeza. Mi hermana se quedaba inmóvil. Yo fingía no haber dicho nada.</p><p>Pero por las noches el ruido volvía.</p><p>A veces era un chapoteo espeso. Otras, un roce de uñas contra pared. Otras, algo parecido al llanto de un animal al que tapan la boca. Venía siempre después de que mi padre cruzara el pasillo descalzo, despacio, con la seguridad de quien conoce de memoria el camino hacia una costumbre. Abría la puerta. Entraba. Y luego empezaba aquello.</p><p>Una noche me levanté.</p><p>Recuerdo el frío de las baldosas. La luz de la luna pegada a las ventanas. El corazón golpeándome tan fuerte que pensé que iba a delatarme él solo. La puerta del fondo estaba entornada. Por la rendija no salía luz, pero sí una respiración. Profunda. Trabajosa. De bestia cansada después de comer.</p><p>Me acerqué.</p><p>No sé qué esperaba encontrar. Los niños todavía creen que toda sombra se deja vencer si uno le pone nombre.</p><p>Miré.</p><p>Primero vi la espalda. Después el pelo, largo y gris, pegado al sudor. Después los brazos. Tardé un momento en entender que todo aquello era una sola cosa. El cerebro tiene una manera cobarde de recibir ciertas imágenes: las recibe en piezas, retrasando el momento en que encajan. Como si supiera que, una vez ensamblada la imagen completa, no habría forma de desensamblarla.</p><p>Mi padre estaba inclinado sobre algo pequeño que se movía cada vez menos. Tenía la espalda arqueada, los hombros duros, las manos cerradas con una fuerza tranquila. No vi un cuerpo. Vi carne.</p><p>Y vi la boca.</p><p>La tenía abierta de una manera imposible. No como abre la boca un hombre. Como se abre una herida. Desde la barbilla le corría un hilo oscuro. Masticaba despacio, con una concentración casi amorosa, y sus ojos —desmesurados, blancos, encendidos— no miraban lo que sostenía sino algo más allá. No había furia en aquella cara. Había necesidad. Una necesidad desnuda, despojada de vergüenza, de razón y de Dios.</p><p>Entonces aquello emitió un gemido.</p><p>Humano.</p><p>Retrocedí sin querer y el suelo crujió. Mi padre levantó la cabeza. Nos miramos a través de la rendija. Yo esperaba que dijera mi nombre. Que fingiera. Que volviera a ser mi padre.</p><p>Sonrió.</p><p>No era una sonrisa de reconocimiento. Era la expresión de quien descubre que el hambre tendrá continuación.</p><p>Corrí.</p><p>No recuerdo haber llegado a mi cuarto. Solo recuerdo a mi madre sentada al borde de la cama cuando abrí los ojos al amanecer. Tenía la cara blanca, gastada. Una mano sobre la mía, fría como una sábana de invierno. Le conté lo que había visto atropellando las palabras. Ella no me mandó callar. No dijo que había sido un sueño. Cerró los ojos un momento y murmuró:</p><p>—Ya te ha visto.</p><p>Aquella frase partió mi infancia en dos.</p><p>Mi madre tardó días en hablar. Lo hizo una tarde de lluvia, mientras mi padre dormía en la butaca del comedor con el periódico abierto sobre el pecho, como un hombre cansado después del trabajo. Mi hermana jugaba en el suelo. Mi madre cosía un botón que no necesitaba ser cosido. Las manos moviéndose con un ritmo fijo, sin un solo temblor.</p><p>—En tu familia los hombres comen a sus hijos.</p><p>Pensé que enloquecía.</p><p>Ella siguió cosiendo.</p><p>Me contó que el abuelo de mi padre tuvo siete hijos. Que tres desaparecieron antes de cumplir los cinco años. En el pueblo se habló de fiebre, de accidentes, de mala suerte. Siempre hay explicaciones para quien no quiere mirar demasiado. Después vino otro abuelo y luego otro. A veces no era literal, dijo. A veces los devoraban de otra manera: arruinándolos, humillándolos, rompiéndoles algo por dentro hasta dejarlos pequeños. Pero de vez en cuando la metáfora no alcanzaba.</p><p>—¿Y tú lo sabías? —le pregunté.</p><p>Tardó mucho en responder.</p><p>—Lo empecé a entender cuando nació tu hermano mayor.</p><p>Yo no tenía hermano mayor.</p><p>O no lo había tenido, según lo que la casa decía de sí misma. Nunca se habló de otro hijo. Nunca hubo fotos. Ni ropa guardada. Ni nombre.</p><p>Mi madre se pinchó el dedo con la aguja y no hizo gesto alguno.</p><p>—Lo llamamos Daniel.</p><p>El nombre cayó en la cocina y se quedó allí.</p><p>Aquella misma noche me dio una llave. Era pequeña, negra, antigua. La sacó del dobladillo de un vestido, como si la hubiera llevado años rozándole la piel.</p><p>—Abre el arcón del granero —me dijo—. Si pasa algo, haces lo que pone en el cuaderno.</p><p>Esperé a que todos durmieran. Subí con una vela. El arcón estaba bajo una lona llena de polvo. Dentro encontré ropa de bebé doblada con un cuidado que daba miedo. Un zapatito sin par. Un chupete amarillento. Y debajo, atado con hilo rojo alrededor de una piedra pequeña, un mechón de pelo oscuro con una etiqueta de cartón.</p><p>La etiqueta decía <em>Daniel</em>.</p><p>Debajo había una fecha.</p><p>La fecha tenía nueve años.</p><p>La misma edad que yo.</p><p>Bajo el mechón estaba el cuaderno.</p><p>Después de eso todo empezó a encajar. Las noches de fiebre de mi madre. Las veces que encontraba a mi padre en el patio, quieto, mirándose las manos. Los silencios en las comidas. La costumbre de contarnos al sentarnos a la mesa. Uno, dos, tres. Mi madre, mi hermana y yo. Nunca cuatro.</p><p>—¿Por qué sigues aquí? —le pregunté a mi madre al día siguiente.</p><p>Entonces sí me miró. Y comprendí que el miedo también envejece. Que puede volverse mueble, costumbre, resignación.</p><p>—Porque pensé que podría parar —dijo—. Porque me juró que no volvería a pasar. Porque una mujer se cuenta mentiras mejores cuando tiene hijos. Porque no sabía dónde ir. Porque ya era tarde.</p><p>Desde esa tarde empecé a mirar a mi padre de otro modo.</p><p>De día seguía siendo el mismo hombre preciso, correcto, incluso afectuoso a su manera seca. Me llevaba al colegio. Me preguntaba por las notas. Cortaba el pan con pulcritud. Pero en cada gesto había algo más antiguo. Sus manos demorándose un segundo de más en mi nuca. Sus ojos detenidos en mi hermana cuando reía. La forma en que aspiraba el aire al entrar en nuestros cuartos, apenas, como quien comprueba un olor sin querer que lo vean.</p><p>A veces, mientras cenábamos, se quedaba quieto con el tenedor suspendido. Entonces mi madre hablaba de cualquier cosa. Del tiempo. De la vecina. Del precio de la carne. Como quien distrae a un perro cerca de un niño.</p><p>Mi hermana era la única que no entendía nada. Tenía cinco años y una confianza obscena en el mundo. Se subía a las rodillas de mi padre. Le peinaba el pelo. Le decía que por las noches olía raro. Él se reía. Yo veía cómo se le tensaba la mandíbula. Había momentos en que el amor y el apetito se le mezclaban en la cara de una forma insoportable.</p><p>Empecé a dormir con una silla trabando la puerta.</p><p>Luego con un cuchillo debajo de la almohada.</p><p>Luego sin dormir.</p><p>Las semanas se fueron tensando. Mi madre adelgazó. Mi padre hablaba menos. Mi hermana cantaba sola en el patio mientras yo la vigilaba desde la ventana. Y una tarde, al volver del colegio, lo encontré en la habitación del fondo, sentado en el suelo, rodeado de manchas viejas que alguien había intentado borrar mal. No me oyó entrar. Hablaba con la pared.</p><p>—No todavía —decía—. No todavía.</p><p>No supe si se lo pedía a alguien o si alguien se lo pedía a él.</p><p>Aquella noche oí el grito de mi hermana.</p><p>No fue largo.</p><p>Fue un corte.</p><p>Bajé a trompicones. La puerta de su cuarto estaba abierta. Mi madre estaba en el suelo, sangrando de la frente. Mi padre, encorvado sobre la cama vacía, olfateaba el colchón. Mi hermana se había escondido debajo.</p><p>La vio antes que yo.</p><p>Metió la mano y ella gritó. Me lancé contra él sin pensar. Era como golpearse contra una pared caliente. Me apartó de un manotazo y me estampó contra la cómoda. Mi madre se levantó tambaleando y le clavó unas tijeras en el hombro. Mi padre rugió. No como un hombre herido. Como algo muy viejo al que interrumpen en mitad de un rito.</p><p>Sacó a mi hermana de debajo de la cama por los tobillos.</p><p>Todavía la veo.</p><p>Las manos arañando el suelo. El camisón subido. La cara deshecha por un espanto que ninguna criatura debería aprender tan pronto. Mi madre se agarró a su cintura. Yo a sus brazos. Nos arrastró a los tres como si no pesáramos.</p><p>Entonces levantó la cabeza.</p><p>Sus ojos ya no tenían nada humano. No era rabia. No era locura. Era alivio. Como si al fin hubiera dejado de fingir. Abrió la boca —esa boca imposible, negra en el fondo, roja en los bordes— y por un instante tuve la certeza de que no quería solo a mi hermana. Nos quería a todos. Quería vaciarnos. Quería seguir siendo él a costa de lo que fuera.</p><p>Mi madre me gritó algo. No la entendí. Luego miró hacia la puerta y comprendí.</p><p>Corrí a la cocina. Agarré la escopeta vieja del abuelo. Temblaba tanto que casi se me cayó. Volví. Mi padre tenía a mi hermana apretada contra el pecho, la cara hundida en su cuello. Mi madre tiraba de él desde atrás, sin fuerza ya.</p><p>Apunté.</p><p>No sabía usarla.</p><p>No pensé en nada.</p><p>Disparé.</p><p>El estampido llenó la casa y luego vino un silencio tan hondo que oí una gota caer en algún sitio.</p><p>Mi padre se quedó quieto. Miró hacia abajo, sorprendido, como si el agujero en el pecho fuera una incorrección menor. Soltó a mi hermana. Dio un paso. Luego otro. La sangre le resbaló oscura por el vientre. Sus ojos seguían fijos en mí, abiertos de más, con una mezcla insoportable de odio y reconocimiento.</p><p>Sonrió otra vez.</p><p>Y cayó.</p><p>Lo enterraron rápido. Sin autopsia. Sin escándalo. En los pueblos y en las familias viejas todavía hay maneras eficaces de esconder lo imposible debajo de la tierra y llamarlo desgracia. Mi madre no volvió a nombrarlo. Mi hermana tardó años en dormir con la luz apagada. Yo crecí.</p><p>Crecí con cuidado.</p><p>Durante mucho tiempo me juré que no tendría hijos. Luego uno se hace adulto y empieza a negociar con sus viejas promesas. El horror también envejece. Se disfraza de recuerdo, de superstición, de episodio extremo ya cerrado. Aprendes un oficio. Pagas facturas. Amas a alguien. Y por momentos casi consigues creer que todo aquello quedó al otro lado de una frontera que no volverás a cruzar.</p><p>Hasta que una noche, muchos años después, tu hijo se queda dormido en el sofá con la cabeza sobre tu brazo.</p><p>Y pesa poco.</p><p>Y huele a leche, a sueño, a vida nueva.</p><p>Y tú lo miras.</p><p>Lo miras demasiado.</p><p>Entonces lo notas.</p><p>Algo mínimo. Una punzada detrás de los dientes. Una tirantez en la mandíbula. Un pensamiento que no parece un pensamiento, sino un reflejo viejo, ajeno y familiar al mismo tiempo:</p><p><em>si él crece, tú te acabas.</em></p><p>Te lo sacudes.</p><p>Claro que te lo sacudes. Dura un segundo. Menos que eso. Apartas la vista. Respiras. Te dices que estás cansado, que es tarde, que esas cosas no existen.</p><p>Pero ya estuvo ahí.</p><p>Y lo peor no es haberlo pensado.</p><p>Lo peor es haberlo reconocido.</p><p>Llevas a tu hijo a la cama. Lo arropa. Le besas la frente. Haces todo lo que hace un padre que quiere a su hijo, y lo haces bien, y lo sientes de verdad.</p><p>Luego vas al baño. Abres el grifo. Te mojas la cara.</p><p>Y cuando levantas los ojos hacia el espejo tardas tres segundos en entender qué no encaja.</p><p>La boca.</p><p>La tienes abierta más de la cuenta.</p><p>No mucho.</p><p>Lo suficiente.</p><p>La cierras despacio. Apagas la luz. Vuelves a la cama. Te tumbas junto a tu mujer y escuchas su respiración hasta que se vuelve regular.</p><p>Entonces escuchas la tuya.</p><p>Y no te gusta lo que oyes.</p><p>&nbsp;</p>]]></content:encoded>
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            <title><![CDATA[Patas cortas]]></title>
            <description><![CDATA[Patas cortas

El rumor

A las ocho y diez de la mañana, cuando en la plaza todavía olía a pan caliente y a lejía de portal recién fregado, el primer mensaje llegó al móvil de Marilú. Estaba sentada junto ...]]></description>
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            <category><![CDATA[Cosas simples]]></category>
            <dc:creator><![CDATA[Xavier Pardell Peña]]></dc:creator>
            <pubDate>Sun, 08 Mar 2026 14:59:48 GMT</pubDate>
            <content:encoded><![CDATA[<p><strong>Patas cortas</strong></p><p><strong>El rumor</strong></p><p>A las ocho y diez de la mañana, cuando en la plaza todavía olía a pan caliente y a lejía de portal recién fregado, el primer mensaje llegó al móvil de Marilú. Estaba sentada junto a la ventana de la cocina, con la bata puesta, una tostada a medio untar y el volumen del televisor más alto de la cuenta, como si las noticias dijeran menos mentiras por escucharse fuerte.</p><p>La imagen que recibió era una captura de pantalla borrosa. No tenía fecha, ni medio, ni firma. Solo una frase en negrita, suficiente para hacer daño:</p><p><strong>“Dicen que el alcalde se ha quedado con las ayudas europeas.”</strong></p><p>Marilú leyó despacio, apretando los labios. Sintió esa clase de satisfacción turbia que a veces da una noticia antes de saber si es verdad. No porque odiara a Román Cebrià de una manera especial, sino porque llevaba años acumulando contra él un repertorio de pequeñas manías: que si iba demasiado erguido, que si en campaña saludaba como si perdonara favores, que si desde que era alcalde parecía mirar al pueblo desde un sitio un poco más alto.</p><p>No pensó mucho más. Reenvió la captura al grupo de las amigas del rosario y escribió debajo:</p><p><strong>“Siempre lo supe. Ese hombre no era trigo limpio.”</strong></p><p>Luego siguió con la mantequilla, extendiéndola con paciencia sobre la tostada. Afuera, dos niños cruzaban la plaza corriendo hacia la escuela. En la panadería de la esquina levantaban la persiana. Un camión de reparto descargaba cajas de fruta. El pueblo empezaba el día como lo empiezan casi todos los pueblos: con una rutina tan frágil que basta una frase para torcerla.</p><p>El mensaje pasó de un móvil a otro con la facilidad del agua buscando pendiente. De la familia a los primos. De los primos al grupo de padres del instituto. Del grupo de padres al de antiguos alumnos. Del de antiguos alumnos a uno donde casi nadie recordaba ya por qué estaba. A las nueve, media localidad había leído la acusación. A las nueve y veinte, algunos ya la contaban como un hecho. A las diez, había quien juraba haberlo sospechado siempre.</p><p>En el Ayuntamiento, Román todavía no sabía nada.</p><p>Subió la escalera interior con una carpeta bajo el brazo. Traía la barba recién afeitada y ese cansancio limpio de quien duerme poco, pero aún confía en que el esfuerzo sirve para algo. En la carpeta llevaba el informe del nuevo pabellón deportivo: presupuestos, planos, una previsión de plazos que llevaba semanas corrigiendo a mano. Había puesto demasiado de sí mismo en aquella obra. Más del que convenía. A veces gobernar un pueblo pequeño consistía en eso: dejar parte de tu orgullo pegado a cosas tan concretas como una pista cubierta o una rotonda que nadie agradece.</p><p>Entró en el despacho, dejó la carpeta sobre la mesa y estaba a punto de pedir café cuando la secretaria apareció en la puerta sin llamar.</p><p>—Román.</p><p>No dijo “señor alcalde”. No “un momento”. Solo su nombre, desnudo, con una gravedad rara.</p><p>Él levantó la vista. La mujer llevaba el móvil en la mano como si sostuviera algo sucio.</p><p>—Mire esto.</p><p>Román cogió el aparato. Leyó una vez. Luego otra. No entendió del todo las palabras, no al principio. Entendió antes el golpe. Esa sensación inmediata y animal de que algo se ha roto fuera de ti y, sin embargo, ya te está rompiendo por dentro.</p><p>—¿De dónde ha salido?</p><p>—No lo sé. Está en todos lados.</p><p>A través de la ventana se veía la plaza. La misma plaza de siempre. Las mismas baldosas, las mismas macetas municipales, la misma fuente con el borde desconchado. Nada había cambiado y, sin embargo, el aire ya era otro.</p><p>Román dejó el móvil sobre la mesa con una delicadeza absurda, como si la suavidad pudiera desactivar la carga.</p><p>—Llama a Intervención. Y a prensa. Y que suba también Ferran.</p><p>—Ya vienen.</p><p>La secretaria dudó un instante antes de marcharse.</p><p>—Hay gente preguntando abajo.</p><p>—¿Quién?</p><p>—Vecinos. Y dos de la oposición.</p><p>Román asintió. Quiso decir algo firme, algo útil, pero solo le salió una frase que parecía dirigida a nadie:</p><p>—Qué rápido.</p><p>Y sí. Había sido rápido. Como una chispa en rastrojo seco. Como si el pueblo llevara tiempo esperando una historia así para poder reconocerse en su peor versión.</p><p><strong>El eco</strong></p><p>A media mañana, el nombre de Román Cebrià ya circulaba por redes con la violencia alegre de los asuntos que permiten indignarse sin esfuerzo. No había pruebas, ni documentos, ni una denuncia formal. Solo una sospecha repetida hasta volverse cómoda. Y después los comentarios, que hacen el resto: la imaginación de los demás trabajando gratis contra uno.</p><p>En Facebook compartían un enlace a una página de aspecto dudoso, llena de anuncios y titulares en mayúsculas. En X, una cuenta anónima resumía el caso como si existiera desde hacía meses. En TikTok, un chico de dieciséis años había montado un vídeo donde la cara del alcalde, recortada con torpeza, bailaba sobre el cuerpo de un cerdo al ritmo de una canción de moda. Debajo, cientos de risas.</p><p>Las redes no son un tribunal. Son algo peor: una plaza sin centro, un murmullo sin responsabilidad, un lugar donde el desprecio siempre encuentra a alguien dispuesto a compartirlo.</p><p>Román se encerró en el despacho con el interventor y la jefa de prensa. Encima de la mesa fueron apilando carpetas, expedientes, copias de transferencias, informes de auditoría, certificados europeos. Todo estaba en regla. Todo podía demostrarse. Todo, salvo lo más difícil: que la verdad llega tarde y habla peor.</p><p>—Hay que sacar un comunicado ya —dijo la jefa de prensa, sin apartar la vista del portátil.</p><p>—Sácalo.</p><p>—Lo van a llamar defensa. Necesitamos algo más.</p><p>—¿Más qué?</p><p>Nadie respondió. El interventor se ajustó las gafas y siguió revisando papeles con la obstinación de quien todavía cree que los números protegen de algo.</p><p>Sonó el móvil de Román. Miró la pantalla. <strong>Mónica</strong>.</p><p>Se levantó y fue hasta la ventana antes de descolgar. Abajo había tres personas en la plaza mirando hacia el edificio del Ayuntamiento. No hacían nada. Solo mirar. Era peor.</p><p>—Dime.</p><p>Hubo un segundo de silencio al otro lado.</p><p>—Román… —La voz de su mujer venía ya herida—. ¿Es cierto lo que dicen?</p><p>Él cerró los ojos.</p><p>No le dolió solo la pregunta. Le dolió la respiración previa. La manera en que ella había tenido que reunir valor para formularla. A veces un matrimonio no se rompe por una gran traición, sino por el ruido mínimo que deja una duda al entrar.</p><p>—No —dijo—. No es cierto.</p><p>—Ya.</p><p>Otra pausa. Otra grieta.</p><p>—Es que me han llamado dos personas —añadió ella, en voz más baja—. Y he pensado…</p><p>No terminó la frase. No hacía falta. Él escuchó lo que faltaba con una claridad humillante: <em>y he pensado que ya no sé del todo quién eres cuando no te veo</em>.</p><p>—Te lo juro, Mónica.</p><p>—Te creo.</p><p>Pero no sonó a fe. Sonó a cansancio. A un querer creer que no terminaba de apoyarse en ningún sitio.</p><p>Cuando colgó, Román se quedó unos segundos inmóvil, mirando la plaza sin verla. Dentro del despacho seguían hablando de desmentidos, estrategias, abogados. Todo eso era necesario. Todo eso llegaba tarde.</p><p><strong>El periodista</strong></p><p>A las cuatro de la tarde se presentó en el Ayuntamiento Víctor Serra, del <em>Diari del Baix Llobregat</em>. No llevaba cita ni prisa visible, aunque en la mirada se le notaba la clase de hambre que no tiene que ver con la comida. Era joven, iba demasiado bien peinado para la hora que era y sonreía con esa cortesía profesional que a veces no es más que una forma elegante de pedir sangre.</p><p>La secretaria intentó frenarlo, pero Román dijo que pasara.</p><p>Víctor entró con una libreta pequeña y la grabadora del móvil ya preparada.</p><p>—Solo quiero contrastar algunos extremos —dijo.</p><p>Era una de esas frases que vienen limpias de fábrica y sirven lo mismo para buscar la verdad que para simularla.</p><p>—Contraste lo que quiera —respondió Román—. Pero deprisa.</p><p>Víctor se sentó frente a él. En la pared, detrás del alcalde, colgaba una fotografía antigua del pueblo: la plaza de tierra, dos mulas, una hilera de hombres con boina. Víctor la miró apenas un segundo, como quien identifica el decorado de una obra conocida.</p><p>—La acusación que circula apunta a un desvío de ayudas europeas destinadas al pabellón.</p><p>—La acusación que circula es falsa.</p><p>—¿Puede demostrarlo?</p><p>Román abrió la carpeta que tenía preparada. Fue poniendo documentos sobre la mesa con una precisión casi escolar: certificaciones, facturas, informes, sellos. Cada papel parecía contener una parte pequeña y fría de su inocencia.</p><p>—Todo esto está auditado. No falta un euro. Puede hablar con Intervención. Con Tesorería. Con quien quiera. Puede incluso pedir información a la administración que concedió la ayuda.</p><p>Víctor observaba los documentos, asentía, tomaba notas. Pero Román percibió enseguida algo que le desagradó: aquel hombre no estaba buscando una historia falsa ni una historia verdadera, sino una historia útil.</p><p>—Entienda que el ruido es muy grande —dijo el periodista—. La gente quiere explicaciones.</p><p>—La gente quiere una hoguera.</p><p>Víctor sonrió apenas, como si aquella frase le pareciera buena materia de titular.</p><p>—¿Niega entonces cualquier irregularidad?</p><p>—No “niego”. Le digo que no existe.</p><p>El periodista apoyó el bolígrafo sobre la libreta.</p><p>—Hay quien dice que usted responde con papeles pero no con claridad.</p><p>Román lo miró unos segundos sin hablar. Luego, muy despacio, respondió:</p><p>—Eso no es una pregunta. Eso ya es una forma de escribir.</p><p>La frase quedó flotando entre los dos. Víctor la anotó.</p><p>Siguieron hablando diez minutos más. El alcalde se esforzó en no alzar la voz. El periodista en parecer razonable. Era una conversación aparentemente civilizada, y, sin embargo, los dos sabían que ahí no se estaba decidiendo una verdad, sino la forma en que esa verdad iba a ser administrada en público.</p><p>Cuando Víctor salió del Ayuntamiento, el sol empezaba a bajar detrás de los edificios de la rambla. Abrió el móvil antes incluso de llegar al coche. Tenía mensajes del editor, del jefe de cierre, del grupo interno del diario. Notificaciones sin fin.</p><p>Uno destacaba sobre los demás:</p><p><strong>“Sácala antes de las seis. Tenemos bastante.”</strong></p><p>Víctor se quedó quieto un instante, con la mano apoyada en el techo del coche. Pensó en los documentos que había visto. En la expresión del alcalde al decir <em>eso ya es una forma de escribir</em>. Pensó también en la caída de las suscripciones, en los artículos que no funcionaban, en la columna fija que llevaba meses pidiendo.</p><p>Abrió la app del periódico y empezó a teclear.</p><p><strong>“Sospechas sobre la gestión de ayudas europeas en el Ayuntamiento: el alcalde se defiende entre evasivas y documentación interna.”</strong></p><p>Leyó el titular. No era una mentira completa. Tampoco era verdad. Era algo más eficaz: una frase construida para que el lector terminara el trabajo sucio por sí mismo.</p><p>Le dio a publicar.</p><p><strong>La grieta</strong></p><p>Aquella noche, Román no cenó.</p><p>Mónica dejó un plato servido en la mesa de la cocina y él lo miró como si perteneciera a otra casa. Habían hablado poco desde la llamada del mediodía. Lo imprescindible. Frases de superficie. El tipo de conversación que usa un matrimonio para no tocar con los dedos la herida abierta en medio.</p><p>En el salón, el televisor repetía su rostro bajo rótulos indecentes. No lo acusaban de forma directa. Era peor: lo dejaban flotando en la zona donde una reputación empieza a pudrirse aunque nadie haya pronunciado todavía la palabra “culpable”.</p><p>Su madre llamó llorando. No por la sospecha en sí, sino por la vergüenza. Se notaba en la manera en que mezclaba preocupación y miedo a salir a la calle.</p><p>—Yo sé que tú no —decía entre sollozos—. Pero la gente habla, hijo. La gente habla mucho.</p><p>Sus hijos, al día siguiente, pidieron no ir al instituto. El mayor fingió dolor de estómago. La pequeña ni siquiera fingió. Dijo que no quería que la miraran.</p><p>Román entendió entonces algo que hasta ese momento había pensado solo de forma abstracta: la infamia no cae sobre una persona. Se expande por las habitaciones, se pega a la ropa de quien duerme a tu lado, se sienta en la mesa con tus hijos, se instala en la garganta de tu madre cuando llama por teléfono.</p><p>Mientras tanto, en la redacción del periódico, Víctor recibía felicitaciones.</p><p>Diez mil lecturas en tres horas. Luego quince. Después veinte. El editor le pasó la mano por la espalda con una familiaridad que no había tenido nunca.</p><p>—Esto sí funciona, Serra.</p><p>Le prometieron una pieza de seguimiento, quizá una columna semanal. Él sonrió, agradeció, hizo lo que se espera que haga un hombre al que acaban de premiar. Pero por dentro sentía otra cosa. Algo sucio. No culpa del todo. La culpa exige más limpieza moral. Lo suyo se parecía más a una incomodidad obstinada, como un hilo de metal entre los dientes.</p><p>Al llegar a casa, dejó la mochila en el suelo y fue a servirse agua. Su esposa estaba en el sofá con el móvil.</p><p>—Mira esto —dijo.</p><p>En pantalla corría ya otro rumor. Esta vez sobre él.</p><p>Una cuenta anónima afirmaba que había cobrado dinero del partido rival para hundir al alcalde. El mensaje iba acompañado de una fotografía vieja, sacada de contexto, en la que Víctor aparecía en una cena junto a un concejal de la oposición. Había sido una cena pública, de hace dos años, tras unas jornadas comarcales. Daba igual. En internet la verdad siempre llega con retraso al momento de ser editada.</p><p>—¿Quién ha puesto esto? —preguntó.</p><p>Su esposa alzó un hombro. No con indiferencia. Con miedo.</p><p>Él siguió leyendo. Cada comentario le parecía escrito con la facilidad atroz con que se tira una piedra cuando no hay que recogerla después.</p><p>En cuestión de horas, pasó de observador a sospechoso. Del lado del foco al del cuerpo que arde.</p><p>Y por primera vez comprendió, no como periodista sino como hombre, que las mentiras no necesitan sostenerse mucho tiempo para arruinar algo. Les basta con instalar una niebla. Después, la gente ya rellena el resto.</p><p><strong>La otra orilla</strong></p><p>La autora del primer mensaje se llamaba Patricia Beltrán.</p><p>Había sido secretaria auxiliar del Ayuntamiento hasta siete meses atrás, cuando la despidieron al descubrir que había falsificado varias firmas para cubrir errores propios en unos expedientes menores. No se llevó dinero. No amañó concursos. No hizo nada grande. Solo una cadena de pequeñas trampas nacidas, al principio, del miedo y después de la costumbre. Lo bastante serias para echarla. Lo bastante vulgares para que nadie la recordara con compasión.</p><p>Desde entonces vivía en un piso de alquiler al final de la avenida del río, encima de una peluquería china que cerraba tarde. Dormía mal. Bebía más de lo que reconocía. Había ido encogiendo su vida hasta convertirla en una sucesión de tardes iguales, con persianas a medio bajar y una rabia vieja calentándole la sangre cuando pensaba en el Ayuntamiento.</p><p>No se decía a sí misma que buscara venganza. Se decía que quería equilibrio. Que no era justo haber caído sola. Que otros, mucho más limpios de cara, merecían también una mancha.</p><p>La mañana en que publicó la captura falsa, fue a la biblioteca municipal a las once y cuarto. Sabía que allí los ordenadores eran de uso público y que la vigilaban poco. Llevaba preparada la imagen en un pendrive: logotipo copiado de una web comarcal, tipografía imitada, una frase certera. Nada brillante. Las mentiras que funcionan no suelen ser sofisticadas; solo tienen que parecer posibles y llegar cuando la gente desea creerlas.</p><p>Se sentó en el terminal del fondo. Había dos jubilados leyendo prensa deportiva y un chico imprimiendo apuntes. Nadie reparó en ella.</p><p>Subió la imagen a una cuenta recién creada. Esperó. Actualizó. Volvió a esperar.</p><p>El primer retuit tardó menos de un minuto.</p><p>Sintió una descarga seca en el pecho. No alegría. Algo más primario. La excitación de comprobar que el daño, cuando encuentra grietas previas, corre solo.</p><p>Al mediodía, el mensaje ya estaba fuera de control. Patricia compró una botella de vino barato y volvió a casa. Pasó la tarde viendo crecer el incendio con una mezcla de fascinación y rencor satisfecho. Cada comentario parecía confirmar una intuición oscura sobre el mundo: la gente no necesita pruebas; necesita permiso.</p><p>—Ahora sabéis lo que es perderlo todo por una historia mal contada —murmuró.</p><p>Lo decía como si hablara con el Ayuntamiento, con Román, con los que la habían despedido, con su exmarido, con cualquiera. El resentimiento tiene eso: rara vez distingue bien a sus destinatarios.</p><p>Lo que no previó fue la perseverancia de Víctor.</p><p>No por ética al principio, sino por miedo. Acorralado por el rumor que ahora lo señalaba a él, el periodista empezó a reconstruir la cadena del bulo para limpiar su propio nombre. Llamó a dos técnicos. Rastreó capturas. Comparó horarios. Pidió favores. Presionó a una fuente en la biblioteca. Cruzó datos con una terquedad que no había puesto en la primera pieza.</p><p>Tardó dos días.</p><p>La dirección IP salió de uno de los ordenadores públicos. Luego una franja horaria. Luego la cámara de seguridad del vestíbulo. Luego el rostro de Patricia, inclinada sobre el teclado con una concentración casi tranquila.</p><p>Cuando la policía la citó, acudió con la ropa arrugada y la expresión de quien todavía no ha entendido bien en qué momento el juego se volvió penal.</p><p>—Fue una broma —dijo primero.</p><p>Luego, al ver que nadie sonreía:</p><p>—No creí que llegara tan lejos.</p><p>Era mentira. O no del todo. Hay personas que desean el daño sin imaginar su tamaño real. Como los niños que prenden algo en un descampado y luego miran el fuego con una mezcla de orgullo y terror.</p><p><strong>Las consecuencias</strong></p><p>La justicia tardó meses. El rumor había tardado una mañana.</p><p>Cuando por fin quedó acreditado el origen falso de la acusación y se cerraron las diligencias sobre Román, la noticia apenas ocupó un espacio pequeño en la prensa comarcal y unos minutos sin eco en redes. La rectificación tuvo modales de funcionario. La mentira, en cambio, había entrado a caballo.</p><p>Para entonces, casi todo estaba ya tocado.</p><p>Román dimitió antes de que terminara el verano. No porque dudara de su inocencia. Precisamente, por lo contrario: estaba demasiado cansado de tener que exhibirla. Volvió a su plaza de profesor en el instituto donde había trabajado antes de entrar en política. Regresó a las aulas con una carpeta bajo el brazo y una forma nueva de callarse. Los alumnos lo miraban a veces con esa curiosidad impune con que se mira a los adultos que han salido en televisión. Algunos padres evitaban saludarlo. Otros se excedían en la amabilidad, y eso resultaba casi peor.</p><p>Mónica siguió con él, pero algo había cambiado entre los dos. No fue una ruptura visible. Fue un desgaste más fino, más doméstico. La sospecha primera, aunque hubiera sido vencida por los hechos, había dejado una marca. Las verdades reparan poco cuando ya han obligado a alguien a imaginarte de otro modo.</p><p>Víctor, por su parte, publicó una pieza impecable sobre el origen del bulo. La mejor que había escrito en años. Precisa, documentada, sin adjetivos innecesarios. Nadie la leyó como leyó la otra. El director la colocó en portada digital durante unas horas por compromiso y luego la bajó cuando vio que no tiraba.</p><p>Semanas después, el periódico lo apartó de política local. Oficialmente, para protegerlo de un clima enrarecido. En realidad, porque se había vuelto incómodo: demasiado implicado en una historia en la que el medio había olido sangre antes que verdad.</p><p>Intentó colocar una columna larga, casi confesional, sobre la responsabilidad del periodismo en la era del clic. No se la aceptaron. A nadie le interesa demasiado el remordimiento ajeno cuando ya ha servido lo que tenía que servir.</p><p>Patricia fue condenada a trabajos comunitarios y a una indemnización que no podía pagar sin ayuda. Durante un tiempo nadie le habló salvo su abogado y una trabajadora social. Perdió lo poco que le quedaba de reputación y descubrió algo que nadie le había explicado: incluso los culpables sienten vértigo cuando se los mira solo desde un delito.</p><p>El pueblo, mientras tanto, siguió funcionando.</p><p>Volvieron las fiestas patronales. Se arregló una acera en la calle Mayor. Cerró una tienda de electrodomésticos. Se abrió una cafetería nueva donde servían brunch con nombres en inglés que la mitad de la clientela pronunciaba mal. La vida hizo lo que sabe hacer: seguir.</p><p>Y, sin embargo, algo había aprendido a moverse por debajo. Una desconfianza más rápida. Una facilidad mayor para creer lo peor. Como si todos, después de aquello, hubieran ensanchado un poco la habitación interior donde guardan el veneno.</p><p><strong>La verdad digital</strong></p><p>Un año más tarde, una asociación vecinal invitó a Román a dar una charla sobre desinformación en el centro cívico. Él estuvo a punto de negarse. Le repelía la idea de convertirse en ejemplo de nada, y aún más de dar lecciones sobre un dolor que seguía notando cerca, aunque ya no ardiera.</p><p>Aceptó por cansancio o por disciplina. A cierta edad, a veces se hacen cosas no porque uno crea en ellas, sino para que el rencor no termine de decidir por uno.</p><p>Llegó al salón de actos con una barba más canosa que el año anterior y un modo más sobrio de ocupar el espacio. Llevaba unas hojas dobladas en el bolsillo de la chaqueta, pero apenas las miró. Había unas cuarenta personas sentadas en filas desiguales: jubilados, profesores, dos concejales, varios adolescentes al fondo más atentos a sus móviles que al escenario, y también Marilú, que había ido empujada por una mezcla de curiosidad y mala conciencia.</p><p>Román se colocó tras la mesa, ajustó el micrófono y durante unos segundos no habló. Ese silencio inicial fue lo más verdadero de toda la tarde: el tiempo de un hombre tratando de decidir desde qué parte de sí mismo contar su propia humillación.</p><p>Al final dijo:</p><p>—La mentira tiene las patas cortas. Eso nos enseñaron. El problema es que ahora corre por carreteras que no existían.</p><p>No buscó aplausos. Siguió en voz llana, casi de aula.</p><p>Contó cómo empezó todo. La captura. Los reenvíos. Los titulares ambiguos. La duda entrando en casa antes que la explicación. Habló de algoritmos, sí, pero sin tecnicismos vacíos. Habló sobre todo de algo más simple: del placer de compartir una indignación que nos confirma, del modo en que uno reenvía a veces no porque crea, sino porque desea que sea cierto.</p><p>Luego sacó el móvil del bolsillo y lo levantó un poco.</p><p>—Esto no tiene la culpa de todo —dijo—. La tiene también la mano que aprieta y la cabeza que no se detiene.</p><p>Se oyó una tos al fondo. Un murmullo breve. Nadie se atrevía a moverse mucho.</p><p>Román abrió una carpeta y mostró una imagen impresa de uno de aquellos titulares. Su cara, ligeramente desenfocada, bajo una frase que sugería corrupción sin afirmarla del todo. Hubo gente que bajó la mirada.</p><p>—Esto fue mi hoguera —dijo—. Pero no la encendió una sola persona.</p><p>Entonces sí se hizo un silencio hondo. No el silencio ceremonioso que precede a los aplausos, sino otro más áspero, en el que cada cual nota el peso de sus pequeñas colaboraciones.</p><p>Marilú, en la tercera fila, sintió un calor incómodo en la nuca. Recordó la tostada, la mantequilla, el gesto fácil del dedo sobre la pantalla. Pensó, no sin vergüenza, que jamás había imaginado aquella cadena completa. Para ella solo había sido un comentario más, un impulso de desayuno. Uno cree que las tragedias siempre empiezan en lugares grandiosos. Casi nunca. Empiezan así: entre migas, pantallas y una necesidad mezquina de tener razón antes que nadie.</p><p>Al terminar, tardaron unos segundos en aplaudir. Cuando lo hicieron, sonó más a reconocimiento fatigado que a entusiasmo.</p><p>Román agradeció con la cabeza y se apartó del micrófono. Estaba cansado. No de hablar, sino de volver a pasar por dentro de aquello. A veces contar el daño no lo ordena: lo despierta.</p><p><strong>Último giro</strong></p><p>Cuatro días después recibió una carta sin remitente.</p><p>No un correo. No un mensaje privado. Una carta de papel, doblada dentro de un sobre blanco sin más. La encontró en el buzón al volver del instituto, entre publicidad de una clínica dental y la factura del gas.</p><p>Entró en casa, dejó las llaves en el cuenco de la entrada y abrió el sobre de pie, sin quitarse siquiera la chaqueta.</p><p>Dentro había una sola hoja. Letra inclinada, apretada, de alguien que había aprendido a escribir cuidando más la forma que el pulso.</p><p><strong>“Las mentiras corren, pero las verdades alcanzan. Perdón.<br>—P.”</strong></p><p>Román se quedó un rato mirando aquellas dos líneas.</p><p>Reconoció enseguida la inicial. Patricia había salido hacía poco del régimen de seguimiento judicial y, según había oído, colaboraba en una asociación que daba talleres a jóvenes sobre bulos y verificación digital. La noticia le había provocado una ironía cansada, no rabia. El mundo tiene afición por esas simetrías que parecen redactadas por alguien con mal gusto.</p><p>Mónica entró en el recibidor secándose las manos con un paño.</p><p>—¿Qué es?</p><p>Román dobló la carta una vez.</p><p>—Nada.</p><p>No era exactamente mentira. O sí. Pero de las mentiras pequeñas con las que uno intenta no volver a invitar el pasado a cenar.</p><p>Guardó la hoja en el cajón del aparador, debajo de unos recibos viejos y una linterna sin pilas. No contestó. No supo si por dignidad, por orgullo o porque había comprendido algo incómodo: perdonar no siempre nace de la bondad. A veces nace del agotamiento, y eso se parece demasiado a rendirse.</p><p>Durante un rato se quedó quieto en la cocina, oyendo el ruido del lavavajillas y el tráfico lejano de la avenida. Le sorprendió descubrir que lo que más deseaba no era justicia, ni reparación, ni siquiera olvido.</p><p>Era silencio.</p><p>No el silencio solemne de las iglesias ni el de los campos al amanecer. Otro. Uno más humilde. Un silencio sin explicaciones, sin notificaciones, sin nombres propios arrastrados otra vez por pantallas ajenas.</p><p>Pero el mundo no suele conceder exactamente lo que uno pide.</p><p><strong>La nueva mentira</strong></p><p>Pasaron algunos meses.</p><p>Un domingo de marzo, luminoso y ventoso, Román quedó con su hermana Clara en una terraza del puerto. Ella acababa de volver de Argentina después de casi nueve años fuera. Se habían escrito, se habían llamado, se habían prometido visitas que nunca llegaban. La distancia, cuando dura demasiado, acaba volviéndose una forma civilizada de la culpa.</p><p>Hablaron durante dos horas. De la madre, que envejecía deprisa. Del piso de Buenos Aires que Clara había dejado. De los sobrinos, de los muertos pequeños que se acumulan en una familia sin hacer ruido. En un momento dado ella le cogió la mano por encima de la mesa. No hubo nada teatral en el gesto. Solo el cansancio antiguo de dos hermanos que se reconocen tarde.</p><p>Al otro lado del paseo, alguien los fotografió.</p><p>La imagen apareció esa misma tarde en redes, primero en una cuenta local de chismes políticos y luego en varias más. El pie decía:</p><p><strong>“El exalcalde corrupto, de comilona mientras el pueblo paga sus fiestas.”</strong></p><p>Debajo, el mecanismo de siempre. Risas. Insultos. Medias verdades mezcladas con pura invención. Algunos comentaban también sobre la mujer que aparecía con él. Amante, decían. Nueva novia. Otra prueba de su falta de vergüenza. Nadie preguntó quién era. Preguntar obliga a detenerse, y detenerse es lo contrario de participar.</p><p>Cuando Mónica vio la foto, el gesto apenas se le alteró. Eso fue lo peor. No hizo escena. No alzó la voz. Miró la pantalla, luego a Román, y dejó el móvil sobre la encimera.</p><p>—Tu hermana no sale favorecida —dijo.</p><p>Nada más.</p><p>Pero aquella noche durmió vuelta hacia la pared. Y en la curva quieta de su espalda, Román reconoció el regreso de algo que creía agotado: no la sospecha plena, sino su sombra. Ese reflejo involuntario por el que una imagen, aunque uno sepa que engaña, logra reabrir la vieja herida del primer día.</p><p>En otro barrio de la ciudad, Patricia vio la publicación desde su teléfono.</p><p>La leyó una vez. Después otra. Sintió una punzada seca, no exactamente moral, más bien íntima: el reconocimiento de una maquinaria. Sabía cómo empezaba. Sabía a qué velocidad corría. Sabía también lo poco que valdría luego cualquier explicación.</p><p>Durante unos segundos dejó el dedo suspendido sobre la pantalla. Ni compartir. Ni comentar. Ni denunciar. El aparato iluminaba su cara en la penumbra del comedor.</p><p>Al final bloqueó el móvil, se puso una chaqueta y salió a la calle.</p><p>Lloviznaba. Una lluvia fina, casi aérea, que no llega a mojar del todo, pero sí a enturbiar las luces. Patricia caminó sin rumbo claro, con las manos en los bolsillos y la cabeza baja. Pensó que el peor castigo para quien ha mentido no siempre es el juicio ni la condena. A veces es más sencillo y más cruel: seguir viviendo en un mundo donde ya no sabes distinguir del todo qué parte de lo que ves podría ser verdad si a alguien le conviniera deformarla.</p><p>Siguió andando mientras el móvil, dentro del bolso, vibraba con notificaciones que no quiso mirar.</p><p><strong>Epílogo: un eco sin fin</strong></p><p>Los rumores no mueren. Mudan de cuerpo.</p><p>Pasan de una voz a otra, de un grupo a otro, de una indignación a la siguiente. Cambian de asunto, de víctima, de decorado. Hoy son ayudas europeas. Mañana una infidelidad, una foto recortada, una ley inventada, un vídeo fuera de contexto. Siempre encuentran una forma nueva de parecer recientes.</p><p>En la plaza del pueblo, una mañana cualquiera, Marilú vuelve a desayunar junto a la ventana. El mismo televisor encendido. El mismo gesto de apartarse el pelo. La tostada, el café, las noticias entrando a trozos en la cocina como entra el frío por una ventana mal cerrada.</p><p>Le llega otro mensaje al grupo de amigas. Esta vez dice:</p><p><strong>“Dicen que están preparando una ley para controlar todo lo que escribimos por WhatsApp.”</strong></p><p>Marilú frunce el ceño. Se pone las gafas. Lee. Por una vez, duda unos segundos más de lo habitual.</p><p>Mira el botón de reenviar.</p><p>Piensa en la charla del centro cívico. En la cara de Román. En aquella frase sobre la hoguera. Piensa también, aunque no quiera admitirlo, en lo fácil que resulta sentirse alguien cuando una tiene entre los dedos algo que los demás aún no saben.</p><p>La duda le dura poco.</p><p>Pulsa.</p><p>Y el mensaje se va.</p><p>No hace ruido. No estalla. No rompe cristales. Sale de la cocina con la modestia de las cosas pequeñas.</p><p>Pero afuera, en algún sitio, ya habrá otra vida esperando el momento exacto de empezar a arder.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p><p><em>Xavier Pardell Peña</em></p><p>&nbsp;</p>]]></content:encoded>
        </item>
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            <title><![CDATA[LO QUE QUEDA DE UN HOMBRE]]></title>
            <description><![CDATA[LO QUE QUEDA DE UN HOMBRE

El tiempo aquí arriba no pasa. Se queda. Se pudre en los bordes de las cosas, en la madera húmeda del porche, en la lata abollada que usas de cenicero aunque hace meses que no...]]></description>
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            <dc:creator><![CDATA[Xavier Pardell Peña]]></dc:creator>
            <pubDate>Sun, 08 Mar 2026 14:56:57 GMT</pubDate>
            <content:encoded><![CDATA[<p><strong>LO QUE QUEDA DE UN HOMBRE</strong></p><p>El tiempo aquí arriba no pasa. Se queda. Se pudre en los bordes de las cosas, en la madera húmeda del porche, en la lata abollada que usas de cenicero aunque hace meses que no fumas. El aire sabe a piedra, a resina caliente, a tormenta retenida. Hay días en que el cielo se pasa horas amenazando y no cae una sola gota, como esos hombres que levantan la mano solo para recordar que podrían pegarte.</p><p>—Levántate.</p><p>Te lo dices sin ganas, pero te lo dices. La voz sale seca, de dentro, como si todavía hubiera alguien mandando en esta ruina. No es tu voz del todo. Se parece más a la de aquel comandante de mandíbula tensa que creía que el cuerpo de un hombre se arregla a base de órdenes. A veces piensas que no sobreviviste a ciertas personas: se quedaron viviendo dentro de ti y fueron expulsándote poco a poco.</p><p>Te incorporas despacio. La rodilla protesta. La espalda tarda en aceptar el día. Duermes vestido, por costumbre o por miedo, ya no sabes. En la cabaña hay olor a tela húmeda, a perro, a humo viejo atrapado en las vigas. Durante un segundo no recuerdas qué edad tienes. Luego decides que tampoco hace falta.</p><p>Has acabado hablándote en segunda persona porque el “yo” exige demasiada fe. El “yo” es para quien tiene testigos, fotos en un aparador, alguien que diga tu nombre desde otra habitación. Aquí no. Aquí eres una suma de hábitos: encender, cortar, guardar, vigilar. Eres la mano que aparta la cortina antes del amanecer. El oído que distingue una rama partida por el viento de una rama partida por otra cosa. El cuerpo que aún se levanta, aunque no encuentre motivos. Empujas la puerta. Afuera, los pinos se inclinan unos sobre otros como viejos que comparten un secreto. El perro ya está despierto. Te mira con esa paciencia sin juicio que tienen los animales y luego bosteza, como si tampoco tú fueras para tanto. Le rascas detrás de la oreja. Tiene una cicatriz pequeña en el hocico, blanca y dura. No recuerdas de qué. Te gusta no recordarlo. Hay memorias que, cuando se borran, hacen un bien que nadie agradece.</p><p>Huele a tierra removida, aunque todavía no llueva. Geosmina, diría algún listo. Tú solo sabes que ese olor llega antes que el agua y que nunca se equivoca. Miras el cielo. Gris hinchado. Quieto. Un cielo con mala intención.</p><p>Coges el cuchillo y lo apoyas contra el culo de una taza rota. Ras, ras, ras. El sonido te ordena la cabeza mejor que muchas conversaciones. El filo importa. Que corte limpio. Que no te falle la mano si un día hace falta. No piensas en qué clase de día sería ese. La prudencia, has aprendido, consiste también en no empujar ciertas imágenes hasta el final.</p><p>Abres la boca. La muela de atrás vuelve a doler. Siempre por la mañana, como si también ella tuviera horarios militares. Escupes al polvo, bebes de la botella templada y notas ese sabor a plástico, a sol estancado. Te dan ganas de reír, pero no llegas. Hace mucho que la risa se te queda a mitad de camino, como un coche averiado en una cuesta.</p><p>Abajo, en otro mundo, la gente estará entrando en oficinas, discutiendo en cocinas, mirando el móvil en el váter, pidiendo perdón sin sentirlo. Lo sabes y al mismo tiempo no lo crees. Te parece más improbable que un ciervo bajando por el barranco con un reloj en la pezuña.</p><p>Hubo un tiempo en que tú también estabas abajo. Coches. Facturas. Una mesa con marcas de vasos. Un hijo —o dos, según el día en que los recuerdes—. Una mujer cansada de hablar sola. Un teléfono que sonaba demasiado. Luego vino la grieta. No una gran tragedia, como les gusta contar a los demás para darle forma a la ruina. No. Fue peor: un desgaste. Una rendición por dentro. Empezaste a llegar tarde a todo. A las comidas, a las respuestas, al afecto. Un día te descubriste fingiendo interés con la cara de quien escucha una emisora lejana. Y después ya no supiste volver.</p><p>La gente cree que uno se marcha de golpe. No entiende nada. Antes de irte del todo, te vas retirando por habitaciones. Primero dejas de explicar ciertas cosas. Luego de discutir. Luego de tocar. Al final sigues sentado a la mesa, pero ya eres otra ausencia más entre los platos.</p><p>El perro levanta la cabeza. También tú. Hay un crujido entre los árboles. Esperáis. Nada. Quizá una rama. Quizá un zorro. Quizá esa clase de miedo que necesita muy poco para ponerse a andar. Te has vuelto bueno en eso: en sospechar. Tus sentidos trabajan más que tus pensamientos. Oyes lejos. Hueles lejos. Duermes poco. Los médicos pondrían nombres. Tú no. Nombrar demasiado las cosas es una manera de invitarlas a quedarse.</p><p>—Come.</p><p>Ahora sí te obedeces. Pan endurecido. Un trozo de queso. La mitad de una lata. Masticas sin hambre, por continuidad. El perro recibe su parte y la devora con gratitud brutal, sin hacerse preguntas, como debería hacerse todo en esta vida. Lo miras un momento. A veces piensas que él te salvó. O que te impidió terminar de hundirte. O que simplemente estaba allí cuando ya no quedaba nadie. Que viene a ser casi lo mismo.</p><p>El sol asoma entre dos nubes, enfermo, sin fuerza. No sabes si es media mañana o casi tarde. El tiempo dejó de servirte cuando nadie volvió a esperarte. Desde entonces vives en un noviembre sin calendario, una estación torcida donde siempre parece que algo ha terminado hace poco y otra cosa desagradable está por empezar.</p><p>Te sientas en el porche. Cruje la madera bajo tu peso. El perro se tumba a tus pies y empieza a rascarse con una furia metódica. Miras el valle. A esta distancia, incluso las casas parecen razonables. Incluso la vida de otros parece poder sostenerse. Pero ya sabes lo que pasa cuando te acercas demasiado: se oyen las voces, las promesas, los reproches, las pequeñas humillaciones del cariño.</p><p>No echas de menos a la gente. Echas de menos, a veces, la posibilidad de no desconfiar.</p><p>Eso es peor.</p><p>Una mosca se posa en tu muñeca. No la apartas. El viento cambia. Trae frío. Luego un trueno, muy lejos, como un armario arrastrado en el piso de arriba del mundo. Cierras los ojos un instante. Hay una paz extraña en este desgaste. No una paz limpia. No algo digno de envidiar. Más bien un acuerdo miserable entre tú y los días: ellos no te preguntan nada, tú no les pides nada tampoco.</p><p>Cuando anochezca tendrás que entrar leña, revisar la trampa del conejo aunque hace una semana que no cae nada, mirar otra vez el cierre de la puerta. Harás lo de siempre. Te moverás dentro de esta rutina de piedra como un insecto dentro de su cáscara.</p><p>Y, sin embargo.</p><p>A veces, justo antes de que caiga la noche, cuando el monte se queda inmóvil y todo contiene la respiración, sientes algo parecido a la libertad. No la de los libros. No la de los discursos. Otra cosa. Una libertad sucia, sin testigos, sin futuro, sin nombre. La libertad de no tener que representar a nadie.</p><p>Luego pasa.</p><p>Vuelve el frío. Vuelve el cuerpo. Vuelves tú, o lo que quede de ti.</p><p>Y eso basta.</p><p>&nbsp;</p><p><strong><em>Xavier Pardell Peña</em></strong></p><p>&nbsp;</p>]]></content:encoded>
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            <title><![CDATA[EL TAMBOR]]></title>
            <description><![CDATA[EL TAMBOR

Le dijimos que no jugara a la ruleta rusa.
Que había otras formas. Que Nico esperaba.
No quiso escuchar. O quizá escuchó y ya le daba igual.

Cornellà de noche huele a agua podrida y a químico. A...]]></description>
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            <dc:creator><![CDATA[Xavier Pardell Peña]]></dc:creator>
            <pubDate>Sun, 08 Mar 2026 14:54:02 GMT</pubDate>
            <content:encoded><![CDATA[<p><strong>EL TAMBOR</strong></p><p>Le dijimos que no jugara a la ruleta rusa.<br>Que había otras formas. Que Nico esperaba.<br>No quiso escuchar. O quizá escuchó y ya le daba igual.</p><p>Cornellà de noche huele a agua podrida y a químico. A naves cerradas que siguen respirando por dentro. A grasa recalentada, a hierro mojado, a algo que se pega a la garganta y no termina de ser aire. Marcos conocía ese olor desde niño. Lo había respirado tanto que acabó confundiéndolo con el mundo. Como el zumbido de las fábricas. Como la punzada fija en los riñones al acabar el turno. Como esa fatiga que no descansa cuando uno duerme, solo cambia de postura.</p><p>Aquella noche volvió a notarlo de verdad.</p><p>Iba hacia el casino con la mochila hundiéndole un hombro y tres mil euros de deuda apretándole el pecho. No caminaba deprisa por llegar. Caminaba así para no pensar. Hay noches en que uno acelera porque, si afloja, se rompe.</p><p>El sótano estaba debajo de una nave de distribución de material eléctrico que no distribuía nada. Una tapadera gris, cansada, con las persianas a medio bajar y las paredes manchadas por años de humedad. La escalera metálica descendía en tramos cortos y vibraba bajo los pies como si protestara. Abajo había una bombilla desnuda que temblaba sin apagarse, una mesa de madera comida en los bordes, humo detenido, billetes, vasos con posos y siete hombres con la piel de quien ha pasado demasiado tiempo en lugares sin ventanas.</p><p>Al fondo estaba el prestamista.</p><p>Tenía los nudillos marcados, no de una pelea concreta, sino del hábito. De golpear puertas, paredes, caras, lo que hubiera delante, durante años. Los ojos eran pequeños, opacos, del color de las llaves viejas. Hablaba despacio, con una voz gastada de tabaco y sueño mal dormido.</p><p>—Ganas y te borro la deuda. Pierdes…</p><p>No siguió. Levantó apenas los hombros. No hacía falta rematar la frase cuando el miedo ya la había dicho por él.</p><p>Marcos conocía el resto. Lo había pensado en el autobús, mirando su reflejo en el cristal oscuro, esa cara suya que cada semana se parecía más a una fotografía mal revelada. Si no pagaba, irían al piso. No a matar. Matar complica. Irían a dejar señal. Una rodilla. Una mano. Un par de dedos. Algo que sirviera de lección y durara.</p><p>Cogió el revólver.</p><p>Pesaba más de lo esperable, aunque quizá era el brazo el que ya no podía con otra cosa. Abrió el tambor. Seis huecos. Uno cargado. Cinco vacíos. Cerró. Lo giró. El clic de las piezas encajando sonó limpio, casi elegante. Se apoyó el cañón en la sien.</p><p>El metal estaba tan frío que parecía húmedo.</p><p>Apretó el gatillo.</p><p>Clic.</p><p>Nada.</p><p>La sala soltó el ruido de siempre: billetes contra la mesa, una risa con flemas, alguien pidiendo bebida, otro insultando a media voz. Marcos no sintió alivio. Solo una descarga breve y sucia que le dejó la boca seca. Seguía allí. Eso era todo.</p><p>Nico llevaba cuatro meses con fiebre.</p><p>No una fiebre de catarro ni una de esas que duran dos días y luego dejan al niño jugando otra vez en el pasillo. Era una fiebre baja, constante, una brasa mal apagada dentro del cuerpo. Primero fue el cansancio. Luego el color raro en la piel. Después los moratones, las analíticas, la espera. Y al final una doctora demasiado joven para dar noticias así dijo la palabra sin mirarlo del todo.</p><p>Leucemia.</p><p>La dijo con un tono casi correcto, como si los buenos modales pudieran amortiguar la caída.</p><p>Marcos trabajaba doce horas en la línea de montaje y volvía de noche al piso de Cornellà donde vivían los tres: él, Nico y la abuela Carmen. Carmen tenía setenta y cuatro años, cataratas, un oído medio muerto y el rosario en la mano izquierda a todas horas. Lo deslizaba entre los dedos incluso dormida, como si temiera que dejarlo quieto pudiera acelerar algo. Rezaba en voz baja. Rezaba sin esperanza visible. Más que pedir, parecía resistir.</p><p>Pero las farmacias no aceptan resistencia.<br>Ni el banco acepta pena.</p><p>El prestamista sí.</p><p>Marcos volvió a girar el tambor. Esta vez no levantó la vista. Se puso el cañón donde la piel late y apretó.</p><p>Click.</p><p>Nada.</p><p>Notó que las manos ya no temblaban. Eso le dio más miedo que el arma. Había un punto en que el cuerpo se cansaba de asustarse y empezaba a funcionar como una máquina. Miró el suelo de cemento. Había manchas negras, un cercado de colillas, una costra vieja en una junta. Pensó en Nico durmiendo con el camión de plástico bajo la almohada, porque decía que así los sueños corrían más. Pensó en lo poco que pesaba últimamente cuando lo cogía en brazos. En ese alivio miserable que da levantar a un niño y notar que cada semana pesa menos.</p><p>Giró otra vez.</p><p>El prestamista había dado la vuelta a la mesa y estaba cerca, oliendo a tabaco rancio y colonia barata.</p><p>—Vamos, héroe.</p><p>Lo dijo sin rabia. Casi sin voz. Como quien recuerda una tarea.</p><p>Marcos apretó.</p><p>Click.</p><p>Nada.</p><p>Uno de los hombres masculló una blasfemia. Otro soltó una carcajada hueca y luego escupió al suelo. La bombilla siguió vibrando. El humo flotaba en capas, sin subir ni bajar. Parecía que hasta el aire de aquel sótano había aprendido a quedarse quieto para no llamar la atención.</p><p>La cuarta vez Marcos alzó la vista hacia el techo y pensó en una tarde en la playa de Gavà. Antes del diagnóstico. Antes de las pruebas. Antes de que una palabra ajena entrara en la casa y se lo comiera todo. Nico corriendo hacia el agua con ese desequilibrio feliz de los niños pequeños, como si cada paso fuera a terminar en caída y nunca terminara. Él yendo detrás. Más lento. Más cansado. Pero riéndose. El sol pegando en la nuca. El niño chillando al tocar el agua fría. La arena húmeda pegada a los tobillos.</p><p>Hubo un tiempo en que aquello bastaba.<br>Duró poco.</p><p>Giró el tambor.</p><p>Se apoyó el arma.</p><p>Click.</p><p>Nada.</p><p>Entonces se quedó quieto. Con el cañón aún en la sien. Sintiendo el latido contra el metal. Sintiendo el olor del sótano metérsele por la nariz hasta el estómago. Sintiendo, de pronto, un cansancio tan hondo que ya no se parecía al cansancio, sino a otra cosa. Como si llevara meses cayendo y solo ahora hubiera tocado fondo.</p><p>Bajó el arma.</p><p>Las piernas cedieron. Se fue al suelo de rodillas primero, después sentado, con la espalda apoyada en una pata de la mesa. Notó la madera sucia en los omóplatos. Las manos le colgaban vacías entre las piernas.</p><p>—No.</p><p>La palabra salió rota. Sin fuerza. Sin dueño.</p><p>No sabía a quién se la decía. Al prestamista. A Dios. Al niño. A sí mismo. A lo que quedaba.</p><p>Los policías entraron al poco rato con el estrépito torpe de los cuerpos que llegan tarde. Linternas, órdenes, botas, manos en alto, insultos. Alguien había llamado. Quizá un vecino que lo vio salir con la mochila y supo que esa noche tenía el cuerpo de los condenados. Quizá uno de los de abajo, asqueado de sí mismo por un segundo. Quizá nadie que llegara a saberse nunca.</p><p>Lo sacaron esposado por la escalera metálica.</p><p>Arriba seguía oliendo a río y a químico. A la misma noche enferma de siempre.</p><p>En comisaría, mientras un funcionario con la camisa arrugada tecleaba sin ganas sobre una mesa de plástico, sonó el móvil de Marcos. El nombre de Carmen apareció en la pantalla. El funcionario miró el teléfono, luego a Marcos, y le hizo un gesto seco con la barbilla.</p><p>Contestó.</p><p>Las medicinas estaban pagadas.</p><p>Julián, uno del taller, lo había visto salir con una cara que no era de ir a ninguna parte buena. No pudo dormir. Empezó a llamar. Dos del turno de tarde. Uno de mantenimiento. Luego otro. Luego otro más. Entre todos reunieron el dinero. Veinte. Cincuenta. Cien. Billetes arrancados a cuentas igual de asfixiadas. Tres mil doscientos euros de gente que también debía cosas, que también tenía hijos, que también estaba cansada.</p><p>Marcos escuchó a Carmen en silencio. Al fondo oyó toser a Nico. Una tos húmeda, pequeña, que parecía venir de muy lejos. Cuando colgó, dejó el móvil sobre la mesa con un cuidado absurdo, como si se tratara de un hueso roto.</p><p>—¿Todo bien? —preguntó el funcionario, sin demasiada convicción.</p><p>Marcos no dijo nada.</p><p>Miró la pared. Tenía el color sucio de lo que no importa.</p><p>Lo metieron en la celda a las dos y algo. Olor a orines viejos, a lejía barata, a encierro fermentado. El camastro tenía una manta áspera y una humedad que subía por la espalda. Se tumbó vestido, sin quitarse los zapatos. Cerró los ojos. Por primera vez en meses sintió el pecho un poco menos apretado.</p><p>Le duró poco.</p><p>El hombre del camastro de enfrente llevaba rato observándolo desde la sombra. Tenía tatuajes en el cuello y en la frente esa expresión vacía de quien hace tiempo dejó de distinguir entre un día y otro. No estaba nervioso. No hacía falta. Solo esperaba.</p><p>—Tú eres el del casino.</p><p>Marcos no abrió los ojos del todo.</p><p>—Los míos perdieron dinero por tu culpa.</p><p>No hubo más.</p><p>La punta casera salió de entre las mantas con una naturalidad obscena. Como si hubiera estado allí desde siempre, aguardando. Se lanzó encima con una violencia breve, casi sin ruido. Hubo un forcejeo corto, torpe, pegado al suelo. Un jadeo. Un golpe seco contra la pared. El olor metálico apareció antes que el dolor.</p><p>La hoja entró por el costado.</p><p>Marcos no gritó.</p><p>Hizo un sonido pequeño, bronco, casi avergonzado. Un sonido de puerta mal cerrada. De cosa que cede.</p><p>Después ya no mucho más.</p><p>En el depósito municipal, bajo fluorescentes que no parpadean nunca, quedó tendido debajo de una sábana fina. Las manos se le habían quedado cruzadas sobre el pecho por puro azar, pero parecían colocadas por alguien que hubiera querido fingir orden donde ya no lo había.</p><p>La deuda estaba saldada.</p><p>Las medicinas esperaban en una bolsa sobre la silla junto a la cama de Nico.</p><p>La abuela Carmen rezaba más deprisa que de costumbre, con los labios secos y la vista nublada, como si acelerar las avemarías pudiera ganarle unos minutos a la desgracia. En la habitación pequeña, Nico tosía entre sueños con el camión de plástico cerca de la almohada. Esperaba el cuento del barco pirata. Ese y no otro. Pero esa noche nadie iba a contárselo.</p><p>Le dijimos que no jugara a la ruleta rusa.<br>Que había otras formas.<br>No quiso escuchar.</p><p>La verdad es que nunca fue solo el revólver.</p><p>Era el sótano.<br>Era la fiebre.<br>Era el precio de las medicinas.<br>Era el banco.<br>Era el turno de doce horas.<br>Era el piso pequeño con la humedad trepando por las esquinas.<br>Era la ciudad entera apretando sin tocarte.</p><p>El tambor no estaba en la mano de Marcos.</p><p>Estaba en todas partes.</p><p>Giraba en los hospitales donde te hacen esperar hasta que el miedo aprende a sentarse. Giraba en las farmacias donde una tarjeta vacía pesa menos que una caja de pastillas. Giraba en los polígonos que siguen trabajando de noche mientras alguien cuenta monedas en la cocina. Giraba en las camas donde un niño enfermo espera pasos en el pasillo y no sabe todavía que hay puertas que, cuando se cierran, ya no vuelven a sonar.</p><p>Giraba despacio.<br>Con paciencia.<br>Como giran las cosas que saben que al final siempre encuentran carne.</p><p>Y aquella noche encontró la suya.</p><p>&nbsp;</p><p>Xavier Pardell Peña</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>]]></content:encoded>
        </item>
        <item>
            <title><![CDATA[Imperfecta]]></title>
            <description><![CDATA[Ella no nació para ser simétrica,

ni para encajar en moldes pulidos por manos ajenas.

Tiene cicatrices que hablan en voz baja

y pequeñas torpezas que la delatan cuando intenta parecer invencible.

Su risa ...]]></description>
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            <category><![CDATA[Poesía]]></category>
            <category><![CDATA[prosa poetica]]></category>
            <dc:creator><![CDATA[Sandra Orsatti ]]></dc:creator>
            <pubDate>Sun, 08 Mar 2026 12:18:17 GMT</pubDate>
            <content:encoded><![CDATA[<p></p><p>Ella no nació para ser simétrica,</p><p>ni para encajar en moldes pulidos por manos ajenas.</p><p>Tiene cicatrices que hablan en voz baja</p><p>y pequeñas torpezas que la delatan cuando intenta parecer invencible.</p><p>Su risa a veces llega tarde,</p><p>sus dudas caminan a su lado como sombras al atardecer.</p><p>Hay días en que su corazón tropieza con la nostalgia</p><p>y otros en los que florece sin pedir permiso.</p><p>No es perfecta.</p><p>Se equivoca, se rompe, se reconstruye.</p><p>Aprende a quererse en los bordes irregulares de su historia,</p><p>en las grietas donde también entra la luz.</p><p>Y ahí está su misterio:</p><p>en la forma en que se levanta después del miedo,</p><p>en la manera en que abraza sus defectos</p><p>como si fueran parte del mapa que la trajo hasta aquí.</p><p>Porque su belleza no vive en la perfección,</p><p>vive en la verdad de ser quien es.</p><p>Una mujer imperfectamente perfecta,</p><p>como el mar cuando se agita,</p><p>como la luna cuando no está llena,</p><p>como la vida…</p><p>que nunca fue perfecta,</p><p>pero siempre supo ser hermosa. ✨</p>]]></content:encoded>
        </item>
        <item>
            <title><![CDATA[Y Dios creó a la mujer]]></title>
            <description><![CDATA[«No es bueno que el hombre esté solo»,
díjose Dios, tras conformar cielos y tierra.
Y de una costilla suya resolvió crear una mujer,
a lo que el hombre con alborozo exclamó:
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            <dc:creator><![CDATA[José Molina Melgarejo]]></dc:creator>
            <pubDate>Sun, 08 Mar 2026 11:13:45 GMT</pubDate>
            <content:encoded><![CDATA[<p>«No es bueno que el hombre esté solo»,<br>díjose Dios, tras conformar cielos y tierra.<br>Y de una costilla suya resolvió crear una mujer,<br>a lo que el hombre con alborozo exclamó:<br>«¡Esta sí que es hueso de mis huesos!».<br>«¡Y carne de mi carne!», sentenció.<br>Y al hombre fue dada para aquietar su soledad<br>y ambos dejados en un paraíso terrenal,<br>en el que de un árbol no debían comer.<br>Mas, siendo como debía ser de espíritu frágil,<br>escaso discernimiento y quebradiza voluntad,<br>pronto dejose la mujer tentar por una serpiente,<br>y accedió a comer del fruto por Dios prohibido<br>e hizo que también el hombre comiera de él.<br><br>«La mujer que me diste como compañera,<br>esa me dio del fruto del vergel y comí»,<br>confesó Adán, señalando a su mujer.<br>«La serpiente me sedujo y comí»,<br>sostuvo la mujer sin pudor alguno.<br>«Mucho te haré sufrir en tu preñez»,<br>sentenció con acritud el Señor Dios<br>a modo de vil y cruento castigo.<br>«Con sufrimiento parirás a tus hijos,<br>tendrás ansia de tu marido,<br>y él te dominará, gobernará sobre ti», <br>sin el menor miramiento añadió,<br>resolviendo quién sería su dueño,<br>a quién por siempre habría de obedecer.<br><br>Y al hombre maldijo con rotundez<br>por haber cedido al desvarío de su mujer,<br>degustando el fruto del árbol prohibido.<br>Y a ambos expulsó del vergel del edén,<br>mas no sin antes alertar a Adán: <br>«Comerás el pan con el sudor de tu frente,<br>hasta que hayas de volver a la tierra,<br>dado que de ella fuiste tomado,<br>pues polvo eres y al polvo has de tornar».<br>Y el hombre llamó Eva a su mujer,<br>por ser ella madre de todo viviente;<br>se erigió sin pudicia en su amo y señor,<br>y, por voluntad humana y divina, <br>arrodillada a sus pies debería pervivir.<br><br>Y aquella mujer creada por Dios<br>de la costilla tomada de Adán<br>hubo de vivir sometida al hombre<br>por los siglos de los siglos, amén;<br>sufrir en su preñez por siempre jamás;<br>parir hijos con extremo dolor;<br>tener denodada ansia de su marido.<br>Mas ni Dios ni el hombre acertaron a imaginar<br>que el espíritu de la mujer no era frágil,<br>sino recio, perseverante e infatigable,<br>ni su discernimiento brozno y exiguo.<br>Y nada ni nadie podrían detenerla <br>en su lucha infatigable por no tener amo,<br>por ser libre para decidir por propia voluntad.<br><br>Y la mujer nacida de una costilla de hombre<br>combatió hasta concebir su propio paraíso,<br>del que ningún dios podría expulsarla.<br>Y batalló con denuedo hasta la extenuación<br>para dejarse tentar por quien ella quisiera;<br>parir cuando deseara sin miedo al dolor;<br>a nadie rendir cuentas ni obedecer;<br>a ser alguno deber sometimiento ni sumisión;<br>ser única dueña y señora de su vida.<br>Y por todo ello bregó a brazo partido,<br>luchó contra viento y marea en férreas lides, <br>en arduas y encarnizadas contiendas.<br>Y la mujer creada para servir al hombre<br>jamás cejó en su empeño por ser igual a él.<br><br><em>A las mujeres, criaturas de espíritu recio, <br>perseverante e infatigable</em></p>]]></content:encoded>
        </item>
        <item>
            <title><![CDATA[Sin palabras]]></title>
            <description><![CDATA[Me he quedado sin palabras.
El horror las ha borrado todas.

Mi garganta está reseca;

ya solo me quedan miradas

gimiendo desde la distancia

la tragedia que no cesa,

el crimen que no se detendrá

hasta que nada...]]></description>
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            <dc:creator><![CDATA[José Molina Melgarejo]]></dc:creator>
            <pubDate>Sun, 01 Mar 2026 08:34:30 GMT</pubDate>
            <content:encoded><![CDATA[<p>Me he quedado sin palabras.<br>El horror las ha borrado todas.</p><p>Mi garganta está reseca;</p><p>ya solo me quedan miradas</p><p>gimiendo desde la distancia</p><p>la tragedia que no cesa,</p><p>el crimen que no se detendrá</p><p>hasta que nada quede.</p><p>&nbsp;</p><p>Solo acierto a ver niños</p><p>con metralla en el corazón</p><p>y balas de odio en la cabeza,</p><p>clamando a voz en grito</p><p>que maten su hambruna</p><p>con granadas de pan,</p><p>que empapen sus bocas sedientas</p><p>con misiles chorreando agua.</p><p>&nbsp;</p><p>En esta barbarie que se desangra,</p><p>que me deseca la razón</p><p>y me nubla el juicio,</p><p>solo atisbo mujeres preñadas,</p><p>con un terrible dolor a cuestas;</p><p>sus vientres henchidos de lágrimas,</p><p>penando que nunca darán a luz,</p><p>que una puñalada los ha apagado.</p><p>&nbsp;</p><p>Sin palabras que echarme a la boca,</p><p>ante mis doloridos ojos</p><p>desfilan hombres sin nombre,</p><p>sin patria ni horizonte,</p><p>con sus almas arrancadas de cuajo,</p><p>llevando entre sus brazos</p><p>criaturas con sus vidas sesgadas,</p><p>ejecutadas a golpe de plomo.</p><p>&nbsp;</p><p>Este espanto que me atenaza</p><p>apenas si me deja ver en sombras</p><p>tierras baldías que se agrietan,</p><p>rezumando un hedor a muerte,</p><p>casas y recuerdos que se derrumban,</p><p>un cielo envuelto en nubes de pólvora,</p><p>paisajes ardiendo en llamas</p><p>que se van reduciendo a cenizas.</p><p>&nbsp;</p><p>Me he quedado sin palabras.<br>El horror las ha borrado todas.</p><p>Solo me quedan gritos mudos</p><p>que tal vez no se escuchen,</p><p>murmullos estériles</p><p>que imploran de rodillas</p><p>que se detenga aquí y ahora</p><p>esta locura sanguinaria.</p><p>&nbsp;</p><p><em>A las víctimas inocentes de Irán y Palestina</em></p>]]></content:encoded>
        </item>
        <item>
            <title><![CDATA[Mi alma andaluza]]></title>
            <description><![CDATA[Con mi puño en alto

y mi corazón a la izquierda,

late mi alma andaluza

ondeando contra viento y marea

su jadeo de verde esperanza,

su diáfana aurora blanca.

 

Esa agitada alma mía

de raíces incandescentes

que ...]]></description>
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            <dc:creator><![CDATA[José Molina Melgarejo]]></dc:creator>
            <pubDate>Sat, 28 Feb 2026 11:19:21 GMT</pubDate>
            <content:encoded><![CDATA[<p>Con mi puño en alto</p><p>y mi corazón a la izquierda,</p><p>late mi alma andaluza</p><p>ondeando contra viento y marea</p><p>su jadeo de verde esperanza,</p><p>su diáfana aurora blanca.</p><p>&nbsp;</p><p>Esa agitada alma mía</p><p>de raíces incandescentes</p><p>que no quiere miserias,</p><p>desaires ni vergüenzas,</p><p>caricias que no se sienten,</p><p>migajas de ternura falsa.</p><p>&nbsp;</p><p>Esa alma mía de mirada nítida</p><p>y ventanales abiertos</p><p>que no quiere que la vendan,</p><p>la hieran o la traicionen,</p><p>la humillen o la maltraten,</p><p>la ultrajen o la arrodillen.</p><p>&nbsp;</p><p>Esa mi alma andaluza</p><p>que solo pide sin bajezas</p><p>que la amen a manos llenas,</p><p>que mi hermosa tierra mía</p><p>no está en edad de merecer</p><p>que no den su vida por ella.</p><p>&nbsp;</p><p>Esa reluciente alma mía &nbsp;</p><p>que, descosida y yerma,</p><p>a veces se viste de luto,</p><p>se le secan sus pupilas</p><p>y llora lágrimas de mimbre</p><p>para ahogar sus penas.</p><p>&nbsp;</p><p>Esa indómita alma mía</p><p>que, de tarde en tarde,</p><p>borra el crespón negro</p><p>que luce en su solapa</p><p>para desvanecer zozobras</p><p>y avivar esperanzas.</p><p>&nbsp;</p><p>Con su corazón descosido</p><p>y su alma baldía,</p><p>Andalucía hoy está de duelo.</p><p>Se le desgarró la garganta</p><p>de tanto gritar al cielo</p><p>que le devuelvan su vida.</p><p>&nbsp;</p><p>&nbsp;En su hermosa bandera,</p><p>verde desesperanza,</p><p>blanca mortecina,</p><p>anidan nubarrones</p><p>que empañan su memoria</p><p>y desvanecen sus sueños.</p><p>&nbsp;</p><p><em>A la Andalucía de Mariana Pineda, de García Lorca, de Blas Infante...</em></p><p><em>A la Andalucía que fue y sueña con volver a ser</em></p>]]></content:encoded>
        </item>
        <item>
            <title><![CDATA[La sed]]></title>
            <description><![CDATA[La sed  

El tren se tragaba la noche a dentelladas, rugiendo por las vías francesas como una bestia de metal oxidado. María iba encogida en su asiento, con la garganta tan seca que le dolía tragar. Habí...]]></description>
            <link>https://writeravenue.bettermode.io/basic-3-column-sw0ngprk/post/la-sed-PxURyzMklydHBcE</link>
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            <dc:creator><![CDATA[Xavier Pardell Peña]]></dc:creator>
            <pubDate>Wed, 18 Feb 2026 19:42:05 GMT</pubDate>
            <content:encoded><![CDATA[<p><strong>La sed&nbsp;&nbsp;</strong></p><p>El tren se tragaba la noche a dentelladas, rugiendo por las vías francesas como una bestia de metal oxidado. María iba encogida en su asiento, con la garganta tan seca que le dolía tragar. Había salido corriendo. Lo demás no importaba ahora: ni el novio muerto, ni el maletín robado, ni esa culpa que le quemaba por dentro sin darle tregua.</p><p>Justo enfrente había un tipo que ocupaba medio compartimento. Gordo, con el pelo grasiento revuelto y la camisa llena de manchas que apestaban a sudor rancio. El aire del vagón olía a él.</p><p>Bebía de su botella despacio, con un ruido que sonaba a burla. Glug, glug. María lo miraba de reojo, los labios agrietados, el corazón desbocado. Ni loca le pedía un trago. Esos ojos turbios daban más miedo que morirse de sed.</p><p>Se levantó y caminó al baño. Estaba ocupado. Esperó ahí plantada, con la boca ardiendo, hasta que salió un viejo arrastrando los pies. Se metió de golpe y el olor la golpeó como un puñetazo. El váter rebosaba de porquería, mierda seca, un hedor que le sacó lágrimas. Ni una gota de agua. Salió corriendo, con las náuseas subiéndole por la garganta.</p><p>En el pasillo, el frío metal del tren vibraba contra su hombro. María avanzó a trompicones hacia el siguiente vagón, arrastrada por un instinto animal que ignoraba la lógica. Vio su reflejo en la ventanilla oscura: una calavera con piel tirante. Se detuvo en la unión entre vagones, donde el ruido de las ruedas era ensordecedor y el suelo se movía como una placa tectónica. Allí, en una esquina, había un dispensador de agua de papel cónico. Estaba seco, cubierto de polvo gris. María apretó el botón una, dos, diez veces. Nada. Solo el eco hueco del plástico vacío.</p><p>Al girarse, chocó contra un muro de tela barata. Era un revisor, o eso parecía por la gorra ladeada, pero no llevaba uniforme, solo un traje que le quedaba grande. Tenía la cara picada de viruela y masticaba un palillo con violencia. La miró de arriba abajo, deteniéndose en el sudor frío de su cuello. María vio que llevaba una cantimplora militar enganchada al cinturón. El sonido del líquido chapoteando dentro fue música y tortura.</p><p>"¿Buscas algo, preciosa?", dijo él. Su aliento olía a tabaco negro y cebolla. María señaló la cantimplora, incapaz de hablar. La lengua se le había pegado al paladar como una lija.</p><p>El hombre sonrió, mostrando unos dientes amarillos como teclas de piano viejo. Desenganchó la cantimplora lentamente, disfrutando del brillo en los ojos de ella. "Hace calor aquí, ¿eh?". Acercó la boca del recipiente a los labios de María, pero cuando ella se inclinó, desesperada, él la apartó con un movimiento seco. "No es gratis", susurró, y su mano libre bajó hacia la cintura de ella, pesada y húmeda. María sintió una arcada seca. El asco pudo más que la sed. Le dio un empujón débil y se zafó, huyendo de vuelta a su vagón mientras la risa del hombre, ronca y mecánica, la perseguía por el pasillo.</p><p>Volvió al asiento derrotada, temblando no de frío, sino de pura impotencia. El tipo gordo cabeceaba medio dormido mientras el tren traqueteaba sin parar. De repente, un túnel los tragó enteros. Oscuridad total, un negro que ahogaba hasta los ruidos.</p><p>María no lo pensó. Alargó la mano, agarró la botella, la abrió y pegó un trago desesperado.</p><p>Al segundo supo que algo iba mal. No era agua. Era algo espeso, amargo, con un olor a vinagre podrido que le subió por la nariz como ácido. El vómito vino de golpe, en arcadas que no podía parar, salpicando el suelo mientras el cuerpo le temblaba.</p><p>El hombre abrió los ojos de golpe. Inyectados en sangre, clavados en ella y en la botella que goteaba. Una sonrisa torcida le cruzó la cara.</p><p>"Eso no es agua, guapa", gruñó con voz ronca. "Son mis flemas. La tuberculosis no me da respiro."</p><p>María sintió que el mundo giraba. El asco y el terror mezclándose en un mareo que le nubló la vista. Se le cerraron los ojos, el cuerpo se le vino abajo sobre el suelo pegajoso.</p><p>A lo lejos, el tren siguió su camino, tragándose otro secreto en la oscuridad.</p><p>&nbsp;</p><p><strong><em>Xavier Pardell Peña</em></strong></p>]]></content:encoded>
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